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¿Para cuándo el centavo? – 2da. de Feria.

Crónica de la 2ª de Feria: Corrida de colombianos. Toros de Paispamba para Manuel Libardo, Ricardo Rivera y José Fernando Alzate. 7000 personas.

El de ayer era un cartel que interesaba a cierta parte de la afición, sabiendo que Paispamba podía tener casta adentro y que los tres colombianos, a pesar de lo duro que han sufrido la profesión podían cuajar una tarde importante. En dos paréntesis de seriedad en el primero y calidad en el sexto, el grueso de la corrida decepcionó y de muy mala manera.

Los toros de Paispamba de irregular presentación, en escalera. Dos toros serios y bien puestos. Cuatro con leña pero al filo del peso y falto de remate. En comportamiento, mansos, cantando la gallina y reculando, a excepción del sexto, Bujón, que embistió metiendo la cabeza y con buen tranco. Un toro en el sentido completo de la palabra y que levantó un poco la tarde, en una corrida que yacía en el pozo.

Dos de los de a pie eran los toreros nacionales que más interés me producen: Libardo, que conoce el oficio y tiene las cualidades de un buen torero, y Ricardo Rivera que atrapa con un aire extraño, algo desquiciado. Alzate habitual ya en estas corridas va y viene. Buen cartel.

En el 1º, Solterón, fue un toro muy serio, en tipo y comportamiento. Poniendo a todos en su sitio, había toro y la lidia así mismo fue muy seria. Tomó la vara bien puesta y en banderillas se cambió la habitual capea por un tercio pulcro y bien ejecutado. Libardo tomó vuelo en una faena que auguraba. Pero ahí quedó. Toro y torero se vinieron a menos. Sospechoso se hizo tardo y Libardo perdió los papeles quedando sin mando y pareciendo superado por el bicho. Palmas divididas al toro y silencio a Libardo. En el 4to. tuvo un suerte un manso justo de fuerzas, que fue lidiado con cautela y aún así no llegó al final. De nuevo, tomó vuelo la faena de Libardo para esta vez caer de repente en la segunda tanda, cuando el toro buscó tablas y se echó. Ahí quedó todo. Silencio.

Ricardo Rivera venía en segundo turno. Sus dos toros fueron mansos, marmolillos, que no tenían mucho adentro. En el primero, rebuscó y exprimió los inexistentes pases a un toro de piedra que no transmitía nada. Digno en ello, la gente desesperó y empezó a protestar. Primer sainete con la espada y algunos pitos. En el segundo, lo mismo. Alarga la faena degenerando en arrimones y mantazos a otro convidado de piedra. Aburre y la gente de nuevo desespera. Segundo sainete con la espada y el descabello y la Plaza en contra. Algunos pitos.

José Fernando Alzate es torero de la casa, habiendo resistido una lucha a muerte el año con los bichos de Mondoñedo que le daban el sitio para este año. Con los paispambas, que no son esos Leonidas de Contreras, estuvo pantallero y vende-humo con dos toros que daban, cada uno en su condición, mucho más. En el primero no dio un pase, enganchones, salido de suerte, y apelando a trucos del destoreo pero ni así conectó. Apeló a taparse con la mansedumbre y una estocada, sí a ley, que le valió un durísimo golpe y la condescendencia amable del público fiestero. En su segundo llegó Bujón, muy serio de cara, cinqueño y con 476 kilos, con clase en la embestida, bueno y noble, le pidió toreo y de ello no hubo. Realmente era un toro con calidad, que cumplió en el caballo y que ponía una embestida de pocos problemas. Alzate sin un solo argumento, perfilero, sin cargar, sin un ápice de mando, se vio anulado por un toro de bien, en una faena descolocada y de poca verdad. Una oreja festiva es una cosecha exagerada a su faena, pero muy corta a lo que Bujón le ofrecía. Palmas al toro con petición de vuelta.

Así quedó una corrida a medio camino, en ese tan colombiano se “faltarle un centavo para el peso”, con un Libardo que sabiendo el oficio pagó cara su apatía en el primero, un Rivera que emborrona con la espada la dignidad con la que asume las suertes y los compromisos, y un Alzate muy limitado, vendiendo muy barato un triunfo de los caros y queriendo tapar sin argumentos sus propias vergüenzas (bis).

Hoy, mi última de Feria.

Abadía Vernaza
@canaveralito.

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El diablo es viejo, no siempre sabio.

Crónica de la 1ª de abono: novillada

Vuelven los toros a Cañaveralejo, la Temporada Taurina en el marco de la Feria de Cali. Aunque en el pasado no solía hacerse festejos el día 25, esencialmente por un evento masivo como la cabalgata y la resaca de la Nochebuena, de unos años para acá ocasionalmente se celebran festejos en este día de Navidad y es cierto que nunca han sido los de mejor asistencia. Aún así, ayer en Cañaveralejo habían +3000 personas en los tendidos, para ver una novillada que traía al venezolano Colombo como atracción y el runrún del peruano Roca Rey. Abría el cartel el colombiano Juan Camilo Alzate y el ganado, Ambaló. Una aceptable entrada, tomando en cuenta que no es una fecha habitual, habían eventos de Feria masivos a la misma hora y era lo que algunos mal llaman un festejo menor.

Los novillos de Ambaló en escalera, desiguales, aunque todos pasaron bien a secas. Mansos todos, teniendo los comportamientos habituales de esta ganadería: sueltos, cara arriba, probando las embestidas. También se agudizaron mucho, cogiendo sentido muy rápidamente y con muchas patas para pegar arreones y embestidas a traición. Fue una novillada dura, de esas que le muestran a la afición que para estar ante un toro hay que tener mucho valor y mucho sitio. Como siempre dijo Hemingway, de esas para llevar a neófitos y que vean con claridad lo duro y admirable que es el toreo. Y así, especialmente cabe reseñar a Pianista No. 70, 432 kilos, que se hizo duro y peligroso, muy orientado y poniendo en muchos aprietos a todos, sin excepción. De esas alimañas que no se dejan ganar la pelea.

En el primero, el de casa, Alzate planteó un faena calentana. Entiéndase pase de rodillas aquí, pase de rodillas allá, pico, pico, pico. Pero de torear, nada, nada, nada. División y silencio. En el cuarto, tuvo en suerte el mejor novillo del encierro, que embestía con mayor prontitud y pedía sitio. Y ahí se evidenciaron las limitaciones que el colombiano ha manifestado durante tantos años de novillero, sin lograr cuajar una tauromaquia considerable. Totalmente perdido, fuera de cacho, sin cargar la suerte, sin temple, sin mando, en resumen, sin argumentos para estar en Cañaveralejo. Siendo casi 10 años en el escalafón novilleril y habiendo lidiado en varias tardes de Feria, el diablo no se ha hecho sabio y sí viejo, dejando pasar el tren de nuevo. Poniendo las cosas en su justa medida, es momento de dar un paso al costado y especialmente que la Empresa anuncie otros novilleros, que vienen jalando detrás y que siendo escasos los espacios, merecen estar en Cali, con menos años, pero mucho más sitio y toreo.

En segundo orden seguía el venezolano Colombo, quien venía precedido por una polémica por anunciarse sin caballos en Cali en 2013 habiendo debutado con jacos en 2011, pero también con el cariño de un público que le quería volver a ver desde la Pre-Feria del año pasado. En el segundo de la tarde, la faena de Colombo fue voluntariosa, y que si bien conectaba con parte del tendido, acusó muchos vicios de la tauromaquia posmoderna, especialmente al poner banderillas. Silencio. En el quinto, por otro lado, sufrió, puede decirse literalmente, a Pianista, un novillo muy aguzado, que desde el primer momento se hizo amo del ruedo y que apretó y despapeló a quien se le puso en frente. Un manso duro, peligroso, defendiéndose con muchas patas. Primero revolcó a Ricardo Santana, puso en aprietos al resto de la cuadrilla. Tumbó al caballo en su primera vara y luego dio una pelea sucia, lanzando tornillazos con la cara arriba a Clovis Veláquez, quien también castigó con mucha fuerza y pegó duro, cosa que volteó la Plaza en su contra. Después persiguió con bellaquería, buscando presa. En banderillas, ya reinaba con terror impidiendo a Colombo poner algún par reunido y alcanzándolo en el último intento. Con un fuerte golpe, Colombo le despachó en una faena muy limitada en cuanto a lidia, que evidenció la mala leche del novillo y cómo, siendo un manso de libro, se hizo rey. Más bien, dictador.

El cartel se completó con Roca Rey, quien ganó su puesto a ley en la Pre-Feria, y venía detrás un rumor que exaltaba unas cualidades muy especiales. Había interés por verle y con voluntad, el peruano respondió en sus dos faenas. Lo que más me llamó la atención de este chino fue la capacidad de comprender la situación a su alrededor y hacer las cosas a su tiempo, con una coherencia precoz que le augura muchas cosas. Con mucha clase y empaque en el capote, temple y mando en la muleta, valor y sitio, aún deviniendo en arrimón. En mi opinión, mente de torero. En el primero, logró hacer una faena coherente, con un par de naturales bien dados. Mató de una estocada caída y recibió una oreja, la única del festejo. En el segundo hubo más lucha. En dos ocasiones (un quite por gaoneras e iniciando faena por estatuarios) fue arrollado y golpeado con fuerza por el novillo, que se orientaba con facilidad y más al embestir de lejos. El bicho buscaba los pies de Roca Rey y la quietud dejó en claro el valor real del peruano, quien sabiendo el medio camino que quedaba en su faena, se lanzó a matar sin muleta, en un desplante y gesto que la Plaza agradeció. Sin mucha efectividad con ese espadazo, dos descabellos y una aclamada vuelta al ruedo. Habrá que esperar el recorrido de este chino, quien tiene eso -tan difícil de expresar- que hace que los hombres sean toreros. El camino de la dureza como la tarde de ayer, las tardes de triunfo rotundo, y espero, una cabeza de novillero privilegiada que le permita diferenciar la gloria del triunfalismo, el valor real del postizo, el toreo verdadero y eterno de la majadería mantera del toreo posmo, le permitirán ser, por lo menos, el más grande torero peruano, cosa que también es refrescante en un país con más de 600 festejos y en una América Taurina que busca su nuevo ídolo propio.

Tarde de novillos mansos, duros y exigentes. Tarde de lidias tortuosas, donde más de un novillo puso la divisa por encima de los hombres. Y una tarde donde vimos lo biche, lo tibio y lo maduro, y no necesariamente el diablo más viejo hizo gala de ser el más sabio.

Abadía Vernaza
@cañaveralito.

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Elegía por lo olvidado. – 1ra. Abono.

Estando en la Plaza, la primera mitad de la corrida la resumía con una palabra: Dureza. El primer toro, llamado Gitanito, había resultado manso y peligroso, una alimaña, que Castaño tapaba para poder torear. El segundo, Sasaimuno, marcaba un interesante bravura, que exigía, y a la segunda tanda propinó dos certeros pitonazos que resultaron en grave cornada a Alberto Aguilar. Y el tercero, Palmireño, brindó una brava lidia y hacia el final J.F. Alzate vivió una guerra para poderle estoquear, sonando los tres avisos. Era una corrida muy dura, si lo reducíamos a lo acontecido. Pero después, vinieron otros matices y con el pasar de los minutos empecé a dudar si eso que ahora llamamos aspereza y dureza simplemente es la misma bravura que se ha perdido de las Plazas de Toros y los aficionados, cabales y palmeros, casi no hemos vuelto a ver.

Oyendo las reacciones después de las corrida, ciertas vertientes tachaban a la corrida de tosca, de desclasada, de falta de alegría. Y por otro lado, algunos la exaltaban por pavorosa, por seria, por verdadera. Acertadamente, se reivindicaba el miedo como ingrediente fundamental de la Fiesta Brava. Porque el miedo viene con una emoción única, un halo especial que cubre el ruedo y hace que hasta el más farolero no pueda quitar los ojos del ruedo. Desde el día antes de la corrida le decía a dos veterinarios de la Plaza de Cañaveralejo que cuando un Toro salta a la arena, la Plaza respetuosamente calla o aplaude enardecida al grito de ¡Toro! Cuando salta un novillo, el público pita, se enbronca y le llama a la madre hasta del chino de las puertas. Y siendo así, cuando saltó Bienvenido, lidiado en 4to. lugar con 568kgs., la Plaza hizo ¡Uhhh! y se empezaron a escuchar los aplausos, algo que no debería ser la excepción sino la regla. Bienvenido iba de largo, con potencia, se quería comer el capote de Castaño y cuando llegó la suerte de varas, este Mondoñedo demostró lo que tenía imponiendo su ley, ante 3 picas con 2 tumbos. El ruedo de Cañaveralejo mostraba una estampa antigua con dos caballos en el suelo y decenas de hombres y capotes controlando el caos que provocaba una bestia brava. Yo como aficionado, me fui 100 años atrás y gritaba ¡caballos, caballos!, tratando de vivir por unos segundos una tauromaquia que ya suena antiquísima. Lo más miraban con cara de quién es este loco y otro pocos y tímidos aprobaban con su mirada nuestra reacción ante el espectáculo de poderío que nos daba el toro en el ruedo. Todo esto parecía una excepción, bastante incómoda, de lo que ya dije es una tauromaquia antiquísima.

Foto por Andrés Rivera.

Segunda vara y segundo tumbo. (Foto por Andrés Rivera).

Para cerrar vinieron Canciller y Tejedor, dos toros en ley, de miras uno logra saber quién es el tío que salió de ese hoyo negro que antes llamaban de los sustos. Canciller tenía una embestida poderosa, un toro que algunos dirán que de poca “toreabilidad” pero al que se le plantaba pelea y se podía llegar a la cima en sus lomos. Se comió vivo a J.F. Alzate. Después vino Tejedor que si volvemos al término inicial, traía más dureza y también desbordó al poco toreado Alzate, que con dos corridas en el año encontró hueco en este torrente de bravura dura.

Pero ¿por qué me explayo con estos detalles, insistiendo en la dureza de su bravura? Porque con el pasar de los minutos empecé a entender que eso que ahora muchos quieren clasificar como aspereza, falta de alegría y toreabilidad, exceso de miedo, es lo que le falta a esta Fiesta tan estúpida a veces. El torear no se ha planteó nunca como dar pases, cual si se jugara con el perro de la casa, que va tras una tela, queriendo morderle. El toreo se ha planteado siempre como la lucha mortal entre un toro y un torero. La bestia pavorosa, a primera vista más apabullante que el hombre, se ve enfrentada y burlada por la sapiencia torera de un hombrecillo de a pie. Es más,en el Diccionario de nuestra querida lengua, la 2da. acepción  de Lidiar dice “batallar, pelear” y la 3ra. dice “Hacer frente a alguien, oponérsele”. Si estar frente al toro hubiese sido cómodo, el verbo lidiar jamás hubiese cargado esos significados, es más, jamás hubiese existido en nuestro idioma. En ese orden, decir “dureza” es más bien un adjetivo paliativo hacia una condición que debe ser intrínseca de la Fiesta Brava, eso que la constituye y la encumbra en la más grandes de las artes. Lo que ayer se vivió en Cañaveralejo, que parece una excepción que algunos tratan de desprestigiar por exceso, es lo necesario para volver a situar un espectáculo complejo entre los hombres y mujeres que poco o nada han aprendido del dolor, del sufrimiento, del miedo, de la garra, del valor. Porque en una tarde como la de ayer podremos discutir por horas los pormenores técnicos de una tarde de toros, pero lo único cierto es que a todos nos entregó una lección de miedo y verdad que hace rato no vivíamos. Nadie espera o desea que un torero como Alberto Aguilar pague con su sangre el vestirse de torero, pero así es la tragedia de los toros. Una cornada no es en ningún momento una deshonra. Por el contrario, ese cristo caído, llevado por sus compañeros hacia la enfermería es la imagen del hombre que se paró donde casi ninguno otro se quiso parar y con su sangre recogió una herida de grandeza. Sasaimuno, un toro bravo, propinó la cornada que le ordenan sus instintos en su condición de Toro y también pagó cara su muerte ante el pasaporte casi inmediato del director de Lidia. Pero así son los toros.

Foto por Andrés Rivera.

Así iniciaba toreramente Alberto Aguilar. Se intuía una faena. (Foto por Andrés Rivera).

Foto por Andrés Rivera.

Al iniciar la segunda tanda, Sasaimuno II prendió a Aguilar. Cornada grave. (Foto por Andrés Rivera).

Castaño y Alzate, se vieron desborbados por esta casta que ya parece de otro tiempo. Que está desajustada al canon contemporáneo, y por lo tanto, incomoda. 5 de los 6 toros de Mondoñedo fueron, a mi juicio, toros bravos. Pero no la bravura de nuestros tiempos, alegrona, bobalicona y exceso afable. Esa dichosa bravura “dura”, que exige hacer el toreo. Al final comprendí, más que nunca, que es la misma bravura de siempre, que ahora tratamos de llamar dura, pero que no es más que el instinto más poderoso del Toro de Lidia.

Abadía Vernaza.

Coda:

La galería fotográfica se puede en la página Fiesta del Toro. No se pierdan todas sus fotos.

Video completo de la corrida, con reseña en Banderillas Negras. Y reseñas por la afición todo el abono.

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De media casta le viene al toro.

Me he atrasado en la reseña. Fue por pura pereza. El día 29 de diciembre se lidió un encierro de Ernesto Gutiérrez, muy en su tipo, para Diego González, El Juli y Luís Bolívar.

Cuando me refiero a muy en su tipo, fue un encierro mínimo, con lo suficiente para embestir, ir y venir, permitir el arrimón y salir por ahí, caminando fresco. Un toro de media casta, tailor made. A eso me refiero con que el dicho ahora debe rezar “de media casta le viene al toro”.

Como director de lidia estuvo Diego González, esa pérdida de la tauromaquia colombiana, sacudiendo el lote más complicado de este encierro facilón. Digo pérdida porque González perdió en la suerte suprema, que nunca logró dominar, la oportunidad de ser figura, que su manera y forma de torear le brindaban. Fue un buen torero, con profesión, conocedor de su arte, pero débil matador de toros. Así, nunca reventó y se diluyó en décadas de poco toreo. Al primero lo lidió con decoro y despachó mal. En su segundo recibió un tope y un puntazo, que pudo ser peor. También lidió sin descollar y pinchó varias ocasiones. Así fue, así ha sido y así será.

El Juli estuvo bien pantallero, haciendo un toreo pop que la Plaza celebraba a rabiar pero la dichosa espada llevo a su lugar justo y después de pinchar y mal descabellar aplacó un bullicio descomunal. En el segundo estuvo aún más populachero, congraciándose con un público que le premiaba el buscar a una mula aquerenciada diciendo “míralo cómo se entrega aunque siendo un dios no le debe nada a nadie. Otro lo despacha”. Supuesta honestidad donde no hubo nada. El efecto se terminó con una terrible estocada riñonera, cazando al bicho en afán de no perder los regalos. Aún así, no sirvió.

Bolívar también reventó a la Plaza en dos lidias parcas, pero que Parrandaveralejo coreaba. En el primero, la espada también se hizo Comandante, acabó la diversión y mandó a parar. En el último estoqueó bien y así se cerró una corrida que casi llena la Plaza pero como muchas cosas en Cali, tampoco fue suficiente. La nota es que durante esa faena escribí la reseña del día anterior. Nunca me había pasado, ya verán la emoción.

(No dejo de escribir, así a nadie interese que ya murió la Feria).

Abadía Vernaza

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Cañaveralejo y sus 440

Una Plaza parrandera, que tiene nombre de orquesta: Cañaveralejo y sus 440. Ay, Plaza de segunda, donde ser flaco y escurrido es lo que está de moda.

Los toros de Juan Bernardo Caicedo tenían buena cara, algo de casta pero todo rondando todos los 440 y algo kilos. Y eso cuando llegan. Que desconfianza brava la que genera cuado el cartel marca el 440 cerrado. ¿Será que eso pesa, así cerrado, como número para el chance? ¿O cuánto faltó para llegar al peso de reglamento? Igual acá el reglamento es una cosa que existe just for fun. De ahí a su aplicación, Ja! O sino, vea a la Presidencia de Cañaveralejo y su rector que ni sabe cuándo cambiar el tercio. O si no me cree, vea a los subalternos que piden capote después del primer par sin esperar al segundo. Y los que lo hacen se quedan mamando. Maricadas de esta Plaza, vos sabés.

Ayer era corrida mixta, con Javier Castaño, Guerrita Chico y Pablo Hermoso de Mendoza, el de los caballos.

Hace rato no me perdía un primer toro. Los trancones de Cali así me obligaron. Llegué al segundo de Guerrita. Ahora resumo eso, a lo bien.

En el rejoneo hubo un poco de bulla, parche, pero con rejoneador a bordo. Aunque dejó tocar varias veces a los caballos. Ese arte en puntas… Pero Pablo Hermoso cumplió, sin reventar a la afición. Primera tarde, pasado mañana vuelvo.

Guerrita Chico volvió a Cali y ¡mi madre, por favor no más! No te odio, para nada, pero ya es hora de ver otras cositas. Guerra tiene perserverancia y aguante al chiflido. Pero de buena onda, no hay nada.

Javier Castaño mostró torería, por allá escondida. Algo que casi no se ve en Cali, porque se llega a esta Plaza con una displicencia. Castaño se ha curtido, todos lo sabemos. Ahora lo vimos, dejó algo en la afición, pero parece que nunca es suficiente. Eso sí, al aficionado de verdad lo deja esperando. A ustedes les dejo el dato: Manizales, 6 de enero, Mondoñedo, Javier Castaño, Andrés de los Ríos, Eduardo Gallo. Consideren.

Ahora, una corrida más, de poco peso, picante, pero que aún deja qué desear.

Abadía Vernaza

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Otra corrida más

A veces, en este ejercicio de reseñar corridas just for fun uno llega a quedarse sin tener mucho para decir, ni bueno, ni malo. Ni rabón, ni divertido. Es que la corrida de ayer estuvo normal, dentro de los cánones de la tauromaquia posmoderna.

El encierro de Las Ventas del Espíritu Santo (propiedad del Maestro Rincón) estuvo muy en su tipo: toros de media cepa, irregulares en presentación y juego. Unos corpulentos pero con poca cara y poca encornadura, otros mejor armados pero con poco peso. Y en general, de muy poca fuerza, trayendo de nuevo esa lidia contemporánea a media altura y sin exigir mucho a los gatos. Así, carentes de ímpetus en los animales, transcurrió una corrida de las de ahora, como nos están tratando de acostumbrar. En el reconocimiento se quedaron dos, teniendo que ser cambiados a última hora. No me imagino qué eran.

En el 1ro., Vargas no entendió al negro, no sabía dónde pararse, moverse, sentarse. El otro tampoco ayudó. Así quedó. En su segundo toro (4to), Sebas Vargas quedó con ojo y tirria a su bicho astifino, después del susto en el primer lance y así, lo de destoreó, tratando de inventar una mansedumbre que no existía. Nada, la Plaza no le creyó.

En el 2do., El Juli lidió un toro completamente sometido, arrodillado. Si bien vale el llevarlo a ese punto, el animal carecía de ímpetu, nada de poder. Ahí podrían quedarse horas, con una bestia más que bruta. Cortó una oreja, por el cariño que le tiene esta Plaza tan sabrosa. En el 5to. El Juli le trató a un manso insoportable, de esos que el calor caleño hace aún más jartos. Así, nos aburrimos mal. Yo me pregunto qué tendrá Cañaveralejo para que tanto animal salte así, aterrado, saliendo despavorido. Vaya uno a saber.

La mejor nota de la tarde la tocó Iván Fandiño. En el 3ro. lidió con honestidad a un toro complicado y peligroso. Mandó y metió carne buscando ganar la pelea. Una oreja. Y al último, le sacó una faena interesante, con verda, con mucha torería. Lástima que al final cayó en el show del indulto que esta Plaza armó con animalete que apenas y entró al caballo. Igual tuvo que estoquear, siendo muy efectivo. Dos orejas y con esto abrir la Puerta del Señor de los Cristales.

En notas apartes, me entristece mucho las mañas y jugarretas que buenos subalternos de la casa han agarrado, alterando la faena. Ellos saben quiénes son.

Abadía Vernaza

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Ve, mirá, volvimos a esto de los “toros”.

A mitad de año me lamentaba por la situación de la Fiesta, representada en los tejemanejes entre la Alcaldía y la Corporación Taurina de Bogotá y el incierto futuro de la Santamaría. De alguna forma me despedía de un año taurino sin rumbo, porque Bogotá se ha convertido en la Plaza de mis cariños, algo decorosa, en medio de tanto barullo y pseudo-tauromaquia. Ya es conocido que decidí nunca volver a Medellín y su plaza posmoderna, sin muchas ganas de ir a Manizales a ver, generalmente, toros brochos y facilones, sin coincidir con las pocas fechas de Duitama y sin planes para volver al suplicio que se había convertido la plaza de Cali, así me quedaba sin rumbo taurino. Pero, gracias a las siempre bien recibidas vacaciones colectivas, terminé regresando a mi tierra, a la Sultana del Valle, y como le decía ayer a mis compañeros de corrida, Cañaveralejo tiene el mejor gancho de mercadeo para hacerme volver: la Feria y mis amigos. El eslogan comercial de esta plaza reza “Feria sin toros no es Feria”, pero siempre me he preguntado qué sería de la Temporada Taurina en Cali sin la Feria. Así que, arrastrado por los amigos, el plan después de la cabalgata, la bota, las risas y la pequeña esperanza de que la actual intervención de la Plaza, la salida de sus rectores y la llegada de una nueva Junta Técnica vele por la integridad de esta decadente plaza, volví.

Confieso que este año ni los carteles conocía, no les había parado bolas. Por ahí supe del aburrimiento que fue la corrida “Pre-Feria” y de la pésima corrida del 25 con los Puerta de Hierro. Pero, aunque ya estaba en Cali, ni por la Plaza me había asomado. Hasta que ayer me convencieron y así compré entradas para todos los días, del 26 al 30. Tampoco eran tantas.

La corrida de ayer, pasando por ser un Festival, no dejó mucho de qué hablar. Se lidiaron 6 Fuentelapeña para 6 matadores: Antonio Ferrera, Paco Perlaza, David Mora, Luís Bolívar, Iván Fandiño y Javier Castaño. Los animales muy irregulares, tirando a la mansedumbre pero con fuerza, excepción ahora que debería ser regla. Al menos, no se vieron toros sentados, algo que ahora destacamos. Too bad.

De los de a pie, Ferrera cirquero, bullicioso, ejecutó todas las suertes él mismo, a un mocho duro. Con ganas de armar foforro, se llevó dos orejas larguísimas, medidas a cuenta “de festival”. Ahí van sumando. Después, Paco Perlaza, que uds. saben, jamás he entendido su concepción del toreo, ni me he conectado con algo que realice en el ruedo. Ayer entramos en una interesante discusión sobre los toreros de arte, los de técnica, los de poder y sobre qué sensibilidad y qué empatía se debe tener para lograr algo en esa difícil profesión, a propósito de Perlaza. Sobre lo realizado en el ruedo, lo vi arrastrado por toda la Plaza, sin poder mandar un burraco del que poco vimos. Ah, le dieron una oreja, vaya uno a saber por qué. Creo que después vino David Mora. O no? Ya no sé. Al rato salió Luís Bolívar, con voluntad lidió bien a un burlaco repetidor y aguantador, que le siguió el paso durante casi 20 minutos de faena y que Cañaveralejo, blandito, trataba de indultar. Pero Presidencia y torero, y unos pocos buenos aficionados, supieron que no reunía las condiciones para tan “perrateado” premio y entró estoquear. Le dieron dos orejas, que a la medida de lo mostrado por Ferrera y Perlaza, pues valían algo más. Me parece que lo hizo bien, con aguante, mandando, dando distancias, con la buena izquierda. En general, bien y con gracia y cabeza. Después vino Iván Fandiño, que no vio a su toro y lo despachó rápido, armando la discusión y el descontento en los Tendidos. Para mi, hubo algo de displicencia. Pero quién soy yo. Después del calor de la discusión, uno espera más de un torero como Fandiño. Cerró Javier Castaño, dejando ver cosas buenas de torería a un mansurrón, propinando una estocada recibiendo, como a 5 metros de distancia, algo desfigurada pero con intención y vale por ella.

Así, pasó la primera noche de corrida. Yo no sé si son los faroles, previos a la corrida, los colores borrosos en medio de las luces de la Plaza, pero las corridas nocturnas no son iguales. Todo pasa en medio de una opacidad extraña. Esta tarde vuelve el sol. Nos vemos.

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