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La disciplina del toreo

Por: El Botija.

Entrar al mundo del toro depende de sacrificio, de entrega. Nada de rumba ni de MUJERES. Es cuestión de estar mentalizado y entrenar, nada más que entrenar, es pensar en dos pitones y una muleta cada segundo que transcurre en la existencia de quien escogió la profesión, en la que se juega la vida misma. En lo físico y en lo mental, porque un día estás arriba y al otro basuras, y Abadía Vernaza y yo te estamos destruyendo (lo siento pero esa es la parte de nuestro trabajo en la fiesta, ser ese grupo de aficionados que no sabe conformarse con molinetes y monólogos de rodilla en tierra deslucidos).

Jueves 29 de diciembre: Toros de Puerta de Herro, para Antonio Ferrera, Sebastian Castella y Luis Bolivar. A Ferrera le vimos lo mismo de siempre, banderillas -bien lucidas por cierto- y nada más. A un Bolivar que no expuso mucho, en miras de cuidarse para lo que podía ser la corrida de su vida al alternar en mano a mano en la despedida del Maestro.

Pero voy a hablar del torero hippie -como lo llama mi mamá-, quien luciendo un hermoso traje azul noche y oro, y un pelo que le llega hasta los hombros, salió en el paseillo. Uno de los consentidos de Cali, dos veces triunfador del trofeo del Señor de los Cristales; el de incontable veces sacado a hombros por la Puerta Grande, y el de otras tantas asustadas por los astados que recorren estas arenas.

Sin embargo no vimos abosolutamente nada, un Castella distraído, desentendido del toro. Empezó su fena, me corrijo sus faenas, como siguiendo el libreto Sebastiano al que nos estamos acostumbrando. Con su pose de estatua en la mitad del ruedo, una larga cambiada que no fue lucida, y de ahí una secuencia de pases de esas que gustan en Cali, molinetes, de rodillas y pegándose tanto al animal que no se podía ver lucido sino guache. Todo lo que no se puede llamar toreo. Mientras tanto yo me preguntaba desde cuando era tan amigo de “Paquetico” Perlaza, pues su forma de torear reflejaba horas de entreno junto al diestro caleño.

Por el contrario, lo que ví el 31 fue totalmente distinto. Un Castella aplomado, con temple y con mando, toreando parado, quieto, alargando los pases, dándole profundida a la muleta y a las tandas, acomodándose de espalda para hacer redondos contrarios impecables, ese Castella que combina la picardía que le gusta la afición caleña y los categóricos pases de un verdadero matador de toros. Una faena que le mereció el premio a la mejor de la temporada.

Cual es la diferencia: que cuando se va a trorear, la noche anterior no puedes quedarte bailando y bebiendo hasta las seis de la mañana. El guayabo y el trasnocho se te notaban, matador, te deslucieron. Yo entiendo qué es venir a Cali, a pasear, y más en tu condición de matador de toros jóven y con cara de Barbie, pero las delicias caleñas no pueden hacerte olvidar el para qué estas acá. Para lidiar y matar toros. El Radisson es un buen hotel, y brinda buen entretenimiento por las noches, pero en Cali tu verdadero sitio es la Monumental de Cañaveralejo.

Si no eres capaz de tener disciplina, vuélvete criticón de toros y toreros como yo. Que así no haya sido capaz de levantarme con juicio los días de Feria a redactar con disciplina, solo puedo recibir un inocuo regaño de Abadía, quien por cuestiones morales no puede opinar mucho. Pero en cambio la falta de disciplina en vos te puede costar la vida y tu condición de figura del toreo.

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Mucha oreja, poco arte

Es que así estamos acostumbrados en Cañaveralejo. A repartir orejas a diestra y siniestra. Por que sí. Por un aceptable par de banderillas, por una larga cambiada, por pegar 30 muletazos ahí. Y todo es un ole. Mucha oreja, poco arte, la corrida del 29.

Los toros de Puerta de Hierro sosos como no es sorpresa. El marqués del toro manso, del toro brocho, del torito chiquito. Y aquí seguimos los que esperamos los verdaderos toros, preguntándonos a qué venimos, para qué perdemos plata, para qué permitimos que se nos robe de frente y sin escrúpulos. Por amor a S.M. El Toro Bravo. Aquel toro que no da derrotes, que no cabecea, que se traga el engaño con codicia, que humilla, que arranca al caballo, que pelea en varas, que persigue a tablas, que pelea con bravura, con nobleza, con casta. El Toro grande, bien armado, el toro bonito, con suficientes años para ser toro-toro, y no un novillete. Pero bueno, esto parece ser una ilusión en Cali.

Pero acá sin toros, sin nada, hay orejas. Muchas orejas. Cinco orejas bien ganadas en una tarde sería una maravilla, algo espectacular, increíble. Pero más increíble es una tarde de cinco orejas y salir con el corazón arrugado, con la tristeza de una tarde para el olvido. Ahora es así en Cali. Mucho tilín tilín y nada de paletas. Parece que se han creído el cuento de ser amables y cálidos con la visita -¡pa’ que vuelva, pa que vuelva!-, y como hay que ser buenos anfitriones se reparten orejas de cortesía -casi al mismo nivel de las boletas amarillas regaladas que reparte la Empresa pa’ ver algo de gente en los tendidos- con tal que los de afuera se sientan como en casa. ¡Que queridos que son! Orejas pa’ todo el mundo.

Esa es la verdad. La triste y regalada verdad. Porque de arte no hubo nada. Sin toros no hay nada y sin toreros, menos. Rincón demostró que algo, alguito se puede hacer con sapiencia y tauromaquia, pero es que Rincón solo hay uno. El resto, ay ay ay. Hasta ahora el más destacado, Luis Bolívar. El único que sacó algunos muletazos aquella tarde ante los mansurrones de Puerta de Hierro. Soy bolivariano, lo acepto -no confundir con prácticas políticas de izquierda, aunque sí la izquierda de Bolívar, nuestro Luis, es muy buena. Suele sacar hermosos naturales con la siniestra. Jamás Perlaziano, lo siento. (Por eso decidí no decir nada sobre el 27, se lo dejo a mi compay Botija).

Al ñañito de Cali, Sebastián Castella, parece cada tarde un video. Con guión y todo. Siempre el mismo pasa largo y cambiado. La misma arrimadera truculenta, la misma forma de ahogar el poquísimo recorrido de los torillos. Además que ahora se le ve destemplado, desubicado y sin gracia. Parece que tu cuartico de hora pasó, mi querido Sebastián. Al menos yo, ya no te creo. No sé cómo lo hiciste en Madrid, pero seguro que no es como lo hacés acá. Pero fresco, muchacho, que acá estamos de Feria, y te dan orejas de bienvenida y de despedida, además de mucha rumba en el Radisson Royal. Y a mi amigo Ferrara, pues qué le digo, valentía en los recortes al toro, me gusta como lo jugás, y algunos de tus pares, pero ya, no más. Y el toreo no son banderillas, es lidia, amiguito, es lidia. Ni arrodillarse, ni bailar, ni desplantar, ni mirar al tendido, es lidiar.

Y bueno, si la gracia es hacer sentir bien a los toreros, atenderlos (gracias mujeres de Cali, pero dejadles algo de energía, no los consumáis), y demostrar la calidez caleña, pues repartamos orejas. Sí, orejas, pero las de hojaldre, que son deliciosas y de esas si podemos mandar a hacer con cantidades, cientos de cajas, porque la del toro son solo dos, y esas se ganan de verdad, porque de esas no hay muchas.

Abadía Vernaza

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