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¿De qué va todo esto? Sobre la Fiesta y la 2da. de abono.

Estuvimos ayer en la 2da. de abono en Bogotá, con un lleno de esos que ahora sólo parecen darse cuando hay rejoneo. Y es que sigo insistiendo que cuando la principal “atracción” de una Feria es un rejoneador, esto ya dice mucho de la decadencia que está viviendo la Fiesta. Pero vamos por partes, que hoy quiero dejar claro a qué va todo esto de los toros dentro de mi.

En esta corrida se echaron 4 animales de Agualuna, jamás vista y que así como vinieron, se fueron. Y 2 de Ernesto González Caicedo, santacolomas que les faltó mucho. Según escuchaba por ahí  -tampoco es que le pare muchas bolas a lo que dicen en la radio- la primera ganadería es de J.P. Domecq y administrada por Félix López, ex-picador y dueño de cuadras de caballos. Si es cierto o no, vaya uno a saber, hay más “enteraos”. Si son la sangre domecquiana de este lado, who knows. La verdad, es que los 4 “hidrolunares” -por joder- apenas podían sostenerse en sus 4 patitas. Torería moderna, de media altura y de posmo-torito besando el suelo. Ya una constante, lindos pero inútiles. O más qué inútiles, sin razón. Acá es donde empiezan los problemas.

Para mi, A.V., la tauromaquia es un ritual trágico. Un espacio de lucha intessa y poderosa… the clash! La corrida de toros se sustenta en el valor de la vida frente a la muerte y en la tensión mortal entre la razón humana y la fuerza animal. Un combate primigenio que poco tiene de condescendiente. Elemental, 2+2… Razón vs. Fuerza… Pero cuándo no hay fuerza, ¿de qué va todo esto? Sabemos que todos los de a pie -o como es de nuevo moda, a caballo- tienen la suficiente inteligencia para sortear los embates del toro, con adorno, gracia, chusquera y un poco de arrogancia. Son personas en sus 5 sentidos, capaces de lidiar a un burraco. Ahora bien, cuando se echa un mono de 500 kilos pero que apenas recibe el 1er. capotazo pierde sus manitas -y muchas veces sus patitas- la lucha ya pierde todo sentido para mi. Apenas y me interesa qué es lo que sucede en ese ruedo. No hay fuerza, no hay poder, no hay miedo, no hay respeto. Ahí nos podríamos quedar 50 tardes tirando mantazos y sumando orejas a modo de goles… Baaah, me aburro. Y no sólo eso, me causa lástima. Dirían que estoy siendo reduccionista y desnaturalizando la Fiesta. ¡No, my friends, yo no desnaturalizo la tauromaquia. Pido verdad! Un toro sin integridad animal, eso y una carreta es lo mismo 4 real. No le paro bolas, esa es la verdad. Soy demasiado conciente de las capacidades “toreras” de muchos de los que visten luces. Quisiera verlas ante TOROS. Aquí ya vamos desenrredando a qué voy.

Ahora, hablemos del monopuyazo… Si vamos a poner una sola entrada al caballo -insuficiente siempre para medir la bravura-, por lo menos pónganla bien. En lo alto del morro, midiendo al animal en su FUERZA y BRAVURA. Sin rectificar, sin barrenar, sin tapar la salida, manejando la cabalgadura. Voy a ser condescendiente por 2 segundos. Pongamos una bien y luego hablamos de poner más, ¿ok? No faltará quien diga “tirate y ponela vos”. Ojalá yo pudiera decir eso cuando la cago en mi trabajo… “Vení, y hacé esta campaña vos, diría”. Si se acaba la pica, no vuelvo. No tiene sentido. La belleza de la embestida del toro, la lucha, el poder de la fiera, del toro bravo. Es el primer escenario brutal, donde el protagonista es el Toro. No se la tiren, por favor.

Entonces, así, sumemos:  toros íntegros, con fuerza y entereza y puyas bien puestas como eje de la Fiesta. Se iría recomponiendo esto, ¿no?

Ahora, ya que las banderillas (siempre que sean 3 de regla) y la lidia a pie siguen gozando de cierta coherencia -más allá de las ventajas que algunos usan-, me centraré a hablar del rejoneo. Igual Pablo Hermoso toreó el domingo y esta es la “crónica” de esa tarde. Comienzo diciendo que no puedo desconocer que el rejoneo es de las primeras formas de la tauromaquia y debe ser parte de la Fiesta. Tampoco, el valor que tienen la doma y la monta durante la faena y este arte, en general. Sin embargo, para mi, el rejoneo representa la vanguardia en la desnaturalización de la Fiesta -me gusta más decir “popculturización” torera. Aunque ejecutado en puntas  podría ser una suerte tan “peligrosa” como la pica antes del siglo XX y demasiado cruel para nuestros tiempos, dirían, traería verdad y mucho más detalle a la ejecución. Pero a consecuencia de esta “ventaja”, el rejoneo actual -prácticamente sin excepción- es tremendista y pantallero. Una mojiganga. Poco del parar, templar y mandar. Metiendo jamelgos por donde sea porque como el chasis es otro y no hay pitones. Y junto a ellos, en nuestras Plazas, no existe conocimiento de los tiempos de la lidia a caballo, no hay verdadero control. Si el que está a caballo bien quiere podrían quedarse ahí horas, música ON y banderillas. Muéstreme un Presidente de corrida que no esté inexorablemente a merced del rejoneador. Lo dicho una parranda, para público parranderos… Aún así debo decir que he visto en Pablo Hermoso de Mendoza algo más de seriedad en la lidia en algunas ocasiones, así este domingo no haya sido de mi agrado. Merece llamarse “torero” a caballo. Sin embargo, mientras que el rejoneo no sea en puntas, así como la falta de fuerza, no. Something is missing.

Y ya para cerrar, pocas líneas podré dedicar a lo que sucedió este domingo. David Mora no estuvo a la altura de una Plaza como la Santamaría. Y aunque poco valía lo que tenía enfrente, no encontró la mano suficiente para llevar al toro, siquiera con algo de gracia. En el que lidió, porque otro se despaturró. As usual (¿?).

Luis Bolívar salió a pasar el primero de su suerte, que tampoco venía con nada, menos fuerza. Lo manteó con decoro -lo poco que recuerdo- y listo. Creo que le dieron una oreja. ¿O no? Ya no sé. A Mora le dieron una por ahí. En su segundo, Bolívar tuvo el más viable de los “agualunos”. Fuerza, barely enough. Algo de casta y bravuconería. Pero con pesar, el panameño-caleño no logró embarcar DE VERDAD la embestida, no metió las güevas -que es lo mismo que cargar la suerte- y no hizo humillar al burraco con miedo, comprensible aunque no justificable, a que perdiera las manos. Torería a control remoto, con un par de metros entre el moreno y el azabache. ¡Qué bella expresión para una lidia sin mucho! No voy a negar el valor que debió tener para tirarse a matar sin más que el estoque. Así fuera para cerrar una faena desapretada. En primer intento, pinchazo y a volar. Segundo, en medio de los pitones, sin muleta, plantó una estocada que fue muy valerosa y certera. Agraciado con una oreja, algunos decían que por la “faena”, otros que por los huevos de la estocada. Más allá, me duele la inconstancia de Bolívar.

Foto por mi amigo, Andrés Rivera.

Y ya en el último turno, P.H. con toros de Ernesto González, oriundos de Cali, Valle, ve. Para ser breve, Pablo Hermoso salió con las orejas cortadas y poca verdad le vi en su lidia. Digamos que consecuencia de esas orejas y rabos regalados por el paso por Colombia. Eso como que sobra a cualquiera. Tuvo algún quiebre o paso del caballo por los terrenos del toro. Pero, con exceso, metió de más a los caballos, siendo alcanzado tres o cuatro ocasiones. ¿Menos mal y existe el afeitado? En su primero, correlón, pudo dar círculos, poner banderillas, mirar al tendido, armar jaleo y cortar dos orejas. En su segundo, un mansote con toda, tuvo que sacar más del libro, poner algo más de lidia, pero el bicho no daba. Desesperado con el rejón de muerte, echo a tierra y ahí quedó todo.

En fin, otra tarde más que nos fuimos con poco para la casa. Nos fuimos en medio de la discusión por la estocada de Bolívar, el pedido de 7mo. de Mora que no fue, los paseos entre tablas de Pablo Hermoso, el ruedo de la Santamaría, etc., pero olvidando que mientras no haya toros íntegros con fuerza y entereza, las poquísimas razones de esta mágica y trágica Fiesta se caen por su propio peso. Como quienes ya sabemos.

Abadía Vernaza.

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¡Adiós, Maestro! (en Medellín)

Tal como informé hace unos días, tuve la suerte de ver a Rincón, en compañía de Ponce, en sus dos últimas corridas. En la Macarena, de Medellín y la Santamaría, en Bogotá. Ambos fueron festejos totalmente diferentes. Con notas completamente opuestas. Primero lo primero.

Medellín, esa plaza ultra-moderna (mejor conocida como Centro de Espectáculos La Macarena) me tenía algo desubicado. POr Dios, era como ver toros dentro de una nave espacial. La verdad, las mega estructuras -tipo Discovery Channel- aún no me cuadran con las viejas plazas de toros. El arreglo por fuera no era de todo molesto. Por dentro, era otro planeta. Y yo, me mantenía fuera de foco, olvidando incluso que estaba en una corrida de toros. Era algo irreal. Estaba en un segundo piso cuya inclinación exigia barandillas de seguridad tipo estadio de fútbol. Y como no veía la presidencia, en todo el frente tenía una pantalla que anunciaba las decisiones de ésta -además del nombre del toro, del torero, peso, hierro, picadores, banderilleros, etc. Y por supuesto los trofeos concedidos -no os imagináis mal salían un aviso luminos que decía Dos orejas, mientras titilaba. Faltaban los fuegos artificiales alrededor. O un cubo con 4 pantallas en la mitad -para ver el tercio de tablas que la inclinación del piso no permitía. Era una cosa muy extraña. La más bizarra de toda mi vida. Yo no sabía en dónde estaba.

Y no solo fue bizarra por la plaza como tal. El público de esta es el más desconcertante que he conocido. Juemadre no estaban en una. Y el encierro que tiraron los de Agualuna, el peor de todos los que he visto en toda la temporada. Una mierda, literalmente.  Toros inválidos que es lo más insoportable que puede haber en el mundo del toro. Pero vamos despacio, pa’ poder hablar de todos.

Los toros inválidos fueron la constante. Incluso por uno de ellos presencia una de las imágenes más hirientes que puede haber. El pobre bicho clavó sus pitones en la arena y dio la -ahora frecuente- vuelta o bote. Al levantarse había perdido el movimiento en ambas manos -según me explicaba el vet., una lesión cervical provocaba esa invalidez. Por sentido común, un animal que no puede caminar se apuntillá, de inmediato. Pero el presidente no hacía nada, y el hijoputa puntillero (no solo por esto) tampoco. Después, de puro miedo le pide a otro subalterno que se lo lleve al burladero -pero cómo güevón, no ves que no puede ni caminar. Le tocó colearlo a Rincón, mientras que otros toreros le tomaban de los cuernos y ahí se le dio muerte, después de varios intentos del miedoso puntillero. Otro bicho, que era lidiado por Ricardo Rivera, se echó después de un pinchazo en hueso del colombiano. Y no se paraba por puro manso, no por herida de muerte. Y ante mi estupefacción el presidente autorizó al puntillero de finiquitarle. No pueder ser. Y el malo de este lo paró con tanto descache. Después Rivera volvió a pinchar, el toro se volvió a echar y el puntillero después de varios intentos, lo mató. Y para terminar con esto bichejos, el primer toro de Ponce salió flojo de remos, pero no lo demostró hasta la muleta. Y el público tan sabio pidiendo cambio de toro. Como Ponce se empecinó en torearle a media altura, cuidando con algodones al lisiado torito, el público la cogió contra él, chiflando a toda su cuadrilla y al mismo matador, que a mi opinión estuvo muy torero y profesional. Le hizo una faena meritoria a este animalito de mentiritas, que estaba cogido con hilitos. Naturales a media altura que pesan bastante. Muy torero, Ponce, la verdad, y lo confirmó en Bogotá. Dejemos aquí los animales y el público.

La tarde era de Rincón. El peor lote le salió al maestro. El peor de los peores lotes que han salido esta temporada. Rincón, con valor y ortodoxia hizo lo que pudo. Pero aquí no habían toros, y yo por allá arriba tampoco los asimilaba. Enrique Ponce estuvo como ya dije muy torero. Muy clásico, muy artístico. Hace muchos años no lo veía, y después de ver videos de Acho y de Manizales no le tenía mucha esperanza. Pero me sorprendió gratamente, y con ganas de verle en Bogotá, al otro día, en la despedida del Maestro. Y Ricardo Rivera, dicen otro de los protegidos de Rincón junto a Bolívar, estuvo muy bien. Muy metido en su faena. Muy claro para estar en su tercera o cuarta corrida como matador de toros. Ahí terminaba lo taurino y vendría al día siguiente.

Pero la tarde no terminó ahí. La despedida de Rincón fue extremadamente emotiva. Tanto o más que en Cali. El segundo de Rincón se terminó invalidando, y ante la decepción de todos, el maestro tuvo que matarle prematuramente. Estocada bien ejecutada y la tristeza de una despedida sin toreo. El público se volcó ante él, produciendo una emoción incontenible. Hasta el propio César lloraba en las tablas del callejón. Llorando como lo más nóveles novilleros que lloran de impotencia ante una mala tarde con la espada. Dio una cortísima vuelta al ruedo, despidiendo a todos con su mano derecha. Después, al finalizar la corrida, Ponce había ganado a ley la salida en hombros, y lo acompañaba la salida simbólica del Maestro. Ambos a hombros dando varias vueltas, bajo el grito de Céeeeeeeeesar, Céeeeeeeesar. Y una lluvia de papelillos que inundó a la plaza de un amor por el maestro que se les iba (yo como pocos, tenía otra oportunidad). Sentimental, sí, pero muy sincera. Con amor del verdadero, y eso también vale en estas ocasiones.

La extrañeza de la corrida y del público me hizo respetar un poco más mi plaza de Cañaveralejo. Pero los sentí muy cerca con la despedida. Porque ambas plazas amaron a Rincón como el más, pero sufrieron las consecuencias de su ausencia por muchos años. Y ambas se entregaron a él, a pesar de lo poco que hubo a nivel taurino. Era la despedida de un grande y ahí es difícil ser objetivo.

Abadía Vernaza.

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