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Por qué ir a toros? El arte del birlibirloque.

(Hace casi 10 años, el periodista taurino Antonio Caballero publicaba este texto en un suplemento taurino para la Temporada Grande en Colombia. Al no encontrar su fuente original, lo reproduzco).

Una niña de unos 10 años bostezó interminablemente en el tendido, y cuando hubo terminado por fin le preguntó a su padre:”Papá ¿y por qué venimos a los toros?”.

El padre hizo unos gestos vagos, se encogió de hombros, señaló el redondel, en donde no sucedía nada de interés, balbuciño unas palabras imcomprensibles y se dio por vencido. Respondió: “No sé”.

La pregunta de la niña es sin duda la más pertinente de todas las que pueden hacerse en torno al espectáculo taurino, y a su misterio. Porque lo de torear se entiende: el placer, el peligro, la adrenalina que se desborda, y un ojo puesto en la embestida y el otro puesto atrás, en el tendido: a ver si me está mirando esa. (Decía Luis Miguel Dominguín que no existiría el toreo si no hubiera mujeres en los tendidos). Torear tiene su gracia. Pero ¿por qué ir a toros? Suele ser aburridísimo, salvo para quien es la “esa” de marras y se pasa la corrida en un “¡Ay!”, tarareando para sí misma la letra de un pasodoble:

“En los carteles han puesto un nombre

que no lo quiero mirar:

Francisco Alegre y olé,

Francisco Alegra y olá…”

Repito: los toros suelen ser aburridísimos. No voy a negar esa evidencia. Pero cuando no son aburridísimos son absolutamente maravillosos. Un buen toro, bello y bravo; un buen torero, valiente y artista; la confluencia de los dos, su acople en armonía, en un juego de hermosura impredecible, siempre nueva, siempre recomenzada, como el mar.

José Bergamín, un poeta que comprendía el misterio del toreo, tituló uno de sus libros al respecto El arte del birlibirloque. Y eso es: el arte de lo asombrosamente inesperado. Dice el diccionario sobre la palabra “birlibirloque”: “Por arte de encantamiento. Por arte de magia. Sin que se sepa cómo ha ocurrido”. Pero ha ocurrido ahí, delante de nuestros ojos incrédulos, y nos los frotamos todavía como para hacer penetrar lo visto más hondo en la retina. Ha ocurrido ahí, en ese mismo redondel en donde unos momentos antes no pasaba nada de interés en medio de los bostezos de los niños y el tedio de los padres.

A la pregunta de su niña, el padre de esta anécdota hubiera debido responder diciendo: “Vinimos a esperar”.

Antonio Caballero.

[Fragmento tomado de TOROS; No. 1, Diciembre de 2006].

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