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Manifiesto Libertario (A. Caballero)

(Mi única intención al reproducir este texto de Antonio Caballero es simplemente suscribir al pie sus palabras).

Para nosotros, los aficionados a los toros, el toreo es una manifestación de alta cultura. No porque lo hayan cantado los poetas o pintado los pintores, ni porque Francia, burocráticamente, lo haya declarado patrimonio cultural intangible de su tierra. Sino porque es una actividad que se expresa de muchos modos y es a la vez muchas cosas: una fiesta, un rito, un espectáculo, un combate, un sacrificio, un juego. Y un arte.

Las artes se definen por sí mismas, sin necesidad de demostración teórica: son como el movimiento, que se demuestra andando. Y en consecuencia se defienden también por sí mismas. Pero el arte del toreo, como todas las artes, tiene un enemigo, que es el poder. El de la Iglesia lo ha perseguido durante siglos, el de las autoridades civiles ha querido prohibirlo en muchas épocas y lugares, tanto cuando son despóticas – dictaduras o monarquías de derecho divino –como cuando se pretenden democráticas en virtud del derecho de las mayorías a gobernar. Olvidando el otro elemento esencial de la democracia, que es el respeto por las minorías.

Es esta última modalidad de acoso la que nos tiene reunidos hoy aquí, ante esta plaza de toros de Santamaría arbitrariamente clausurada por el capricho de un alcalde, que lo justifica en nombre de la estrecha aritmética que le dio el triunfo electoral.

Los aficionados a los toros somos una minoría, y sabemos que nuestros gustos no son universalmente compartidos. Por eso no aspiramos a imponerlos sobre los de otras minorías haciéndolos obligatorios, ni queremos tampoco prohibir los suyos, que pueden ser tan variados como la ópera o las carreras de motocicletas o la práctica del espiritismo, las procesiones religiosas o las maratones de marcha a pie. Sólo pretendemos que, recíprocamente, no nos impongan los suyos ni nos supriman los nuestros. No queremos ni mandar ni prohibir. Pero nos resistimos a que nos prohíban y nos manden.

No se trata únicamente de reclamar el derecho a asistir como espectadores a las corridas de toros. Se trata también de defender el derecho a elegir el propio oficio. En este caso, la profesión de torero, como lo desean estos jóvenes novilleros que llevan meses acampando frente a las puertas cerradas de la plaza de toros, como refugiados de una guerra. 

O como lo hicieron estas figuras del toreo venidas de España, México y Francia, y por supuesto también de Colombia, para acompañarlos en persona en una manifestación de solidaridad con ellos y de coherencia con sus propias vidas. Estamos aquí, en suma, para exigir la libertad. La libertad de expresión. La libertad de elección. La libertad del placer. Contenidas todas en el eterno sueño libertario que es la prohibición de prohibir.

Quien quiera suscribir este Manifiesto, bienvenido sea. Ya lo haga por su afición a los toros, o por su interés en el arte, o por su tolerancia hacia los gustos ajenos, o por su respeto por los derechos de las minorías, o por su amor a la libertad. Este es un Manifiesto para hombres libres.

Suscribo al 100%

Abadía Vernaza
“Cañaveralito”

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Bravura, hambre y resistencia: los puntos claros.

Los taurinos bogotanos, entre los que me incluyo por vivir aquí hace 11 años, vivimos tiempos aciagos, llenos de incertidumbre por una ciudad y una afición que el despotismo de un Alcalde ha destruido, buscando tapar la incompetencia en su gestión con autoritarismo y demagogia. Han pasado tres años y lo que parecía una decisión sin fundamento y que pronto se iba a caer, se ha convertido en un gigante sin cabeza y no sabemos qué diablos hacer con él. Ninguno de nosotros se imaginó ver la Santamaría cerradas porque sí durante tres largos años, vejada, olvidada, burlada. Pensamos que la Corte solucionaría esto rapido. Que habrían de cuidarla por ser Patrimonio Nacional. Y tres años después, poco o nada les ha importado. ¿Por qué habría de importarles ahora?

Esta entrada se llama Bravura, hambre y resistencia primero, en honor a 8 admirables novilleros que se valieron de su fuerza juvenil para plantarse durante día y noche a defender sus derechos y los de todos los taurinos, sin importar la clase, el oficio, los matices y las preferencias. Y segundo, porque bravura, hambre y resistencia son tres palabras que creo nos deben guiar en nuestra lucha por conservar una Fiesta, a veces decadente, pero que de vez en cuando se levanta poderosa, encastada, como un Toro de leyenda.

1.

La bravura, primero, es esa condición obligada y única que sustenta la fiesta de los toros. El Toro Bravo es un animal como ninguno, un animal poderoso, temerario y acojonante. La bravura es la condición deseada por todo ganadero, por todo aficionado cabal, por todo torero valiente, porque es la bravura lo que legitima la tauromaquia. Es esa argamasa que lleva la moralidad del toreo al infinito, a lo fuera de este mundo, a lo increíble, a lo sobrehumano. Es la condición que convierte al Toro en un dios y al torero en un super-hombre. La bravura es una palabra que nos cuesta encerrar en una sola definición, pero cuando la vemos, la entendemos, admiramos su presencia, tanto en el ruedo como en la vida. Ahí está, simplemente es real, como la condición primaria de este ritual extraordinario.

2.

Ahora, segundo: el hambre. El hambre durante décadas y siglos pasados hacía parte de la lucha por ser torero, por ser un super-hombre, por ser alguien en la constelación taurina. En estos tiempos, muchos aficionados nos quejamos de la falta de hambre de novilleros, de los toreros más modestos, o de las mismas figuras. El hambre es recurrente en nuestras tertulias tarde a tarde. En el mundo de la abundancia y de la globalización, añoramos el hambre y el sufrimiento como catalizadores de una expresión artística que depende de la deriva y de la incertidumbre para ser excelsa. Y hoy, 8 novilleros colombianos han visto en el hambre auto-impuesta como la respuesta más valiente y torera para defender fuera del ruedo aquello que por derecho les pertenece. Decidieron pararse frente a esas profundas cornadas que da el hambre y poner a prueba su resistencia física y mental, como gesto y gesta del sentirse torero. Esa hambre encarna todos los valores del hambre de antaño, donde todas las privaciones eran un medio para lograr el fin más grande: luchar y sobrevivir, aún con el estómago vacío.

3.

Y por último, la resistencia. Esta parece ser una palabra relativamente nueva para la mayoría de los taurinos e incluso extraña a nuestra naturaleza contemplativa. Pero que debemos incorporar a nuestro canon de valores, como norte y soporte de nuestra lucha por la más bella de las tradiciones. Particularmente, siempre he entendido la tauromaquia como una resistencia, por su carácter de lucha, por su carácter de acto que desafía la lógica del enfrentamiento. La tauromaquia ha sido una resistencia popular, ha representado los valores y la hombría en la cosmovisión de un pueblo. Siempre ha sido una resistencia contra la mentira, la manipulación, contra el miedo, contra la falsedad. La tauromaquia ha sido la resistencia de la Verdad ante la corrupción, ante el fraude. Hoy se erige como una resistencia ante los valores del mundo posmoderno donde la virtualidad y lo inmediato superan a lo real y a lo profundo, incluso a lo trágico.

Nuestra resistencia debe cada día dar más el pecho, cargar la suerte, dejar los complejos. Nuestra resistencia debe cada día tener más hambre, pasar más hambre, llevarla lejos sin importar las privaciones que el mundo, la sociedad o los gobiernos nos quieran imponer. Nuestra resistencia debe cada día ser más brava, más encastada, crecerse ante el castigo, ante la humillación, porque sólo así podrá ser consecuente con los valores excelsos que el Toro, el Torero y toda la Tauromaquia predican como únicos y verdaderos.

Bravura, hambre y resistencia, el canon de nuestra propia defensa.

Abadía Vernaza. (@canaveralito)

¡No olviden dejar su voz de apoyo con el hashtag #FuerzaNovilleros y una foto.

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¿Chao, Toros? Lamento.

Hasta el día de hoy, 6 de junio, Bogotá no tendrá Temporada Taurina 2013.

Para resumir, la actual Alcaldía ha aprovechado que es dueña y señora de la Plaza de Toros de Santamaría para trabar la próxima Feria, alegando la defensa a los animales y a la políticamente correcta posición de no fomentar espectáculos de muerte con dineros del Estado, ni sus propiedades. La Corporación Taurina de Bogotá claramente no se ha quedado de brazos cruzados y ha defendido las corridas, valiéndose del contrato vigente entre esta y el Distrito y de la excepción constitucional que lista a las corridas, las corralejas, las riñas de gallos y el coleo en nuestro país como excepciones frente al maltrato animal, por considerarse expresiones culturales de Colombia. Aún así, el Alcalde se ha hecho el de la vista gorda, ha frenado la venta de abonos y según las últimas informaciones, no dará su brazo a torcer. Así es la situación en una de las 3 capitales taurinas en el mundo.

Pero como expresaba hoy en nuestra cuenta de Twitter, mi opinión es que esta situación va más allá de un capricho político -y para muchos populista- de un Alcalde o de un marco constitucional que en teoría ampara las corridas de toros. Para mi, esta situación en Bogotá refleja el estado actual de la Fiesta, desde todas las posturas que atentan contra los Toros, tanto externas como propias al “taurinismo” moderno. De alguna forma, se le puede declarar en coma profundo, por muchas razones que la tienen en este estado. Pero voy por partes.

El creciente movimiento antitaurino y proanimalista ha hecho fortín en la redes sociales para atacar de frente a todas las manifestaciones o actos que consideran maltrato animal, no sólo frente a las corridas. Y francamente, a pesar de la veracidad de algunas informaciones o el choque que producen otras, van ganando cada vez más terreno y sumando un activismo que lentamente pasa de lo virtual a lo real. Y desde ahí, van construyendo plataformas de comunicación masivas en contra de una Fiesta que no entienden, ni comparten y que lastimosamente a nosotros nos cuesta cada día más explicar. De hecho, no me interesa en demasía discutir las tácticas utilizadas por el movimiento antitaurino, sino centrarme en el estado mismo de la Fiesta y cómo es su propia decadencia la que hace cada día más difícil defenderla.

En principio, la Fiesta Brava se sustenta como un ritual a muerte. Una tragedia, no una pantomima. No es una representación de la muerte. Es su presencia. Más allá de las discusiones sobre la sevicia, las corridas de toros son un rito que tiene iguales cantidades de vida como de muerte. De sublime como de cruel. Es ingenuo cualquier otro argumento que trate ubicarlas dentro de un espectro civilizador y/o de moralidad contemporánea (donde prima lo política y públicamente correcto). Son lo que son, sin condescencias, y ahí radica su belleza contradictoria y profunda. En contraposición con nuestra condición contemporánea de simulación y virtualidad, las corridas de toros son un espacio donde luchan las contradicciones, donde se enfrentan los opuestos, sin ningún tipo de mediación. La lucha de la razón versus la fuerza, del hombre frente a la bestia, del valor frente al poder animal. Son contradictorias, intensas, hermosas, subjetivas. Son un acontecimiento, la danza entre la vida y la muerte no se puede repetir. Apenas se puede imitar. Arte, plasticidad, pensamiento frente a instinto, poder, bravura, imponencia. Así, las corridas de toros son eso, un rito. No son un deporte, no son un juego, no son show.

Pero lastimosamente, nos estamos quedando sin argumentos artísticos, estéticos, rituales para defenderlas. La mayoría de las veces, simplemente no tiene sentido. De por sí es muy díficil luchar por algo que contradice cualquier pensamiento racional y que se constituye como una liturgia emocional, básica, instintiva y primitiva (sin sentidos peyorativos). Y si a partir de ahí, las bases que la sostienen -razón vs. fuerza, suavidad vs. poder- no se presentan, ¿qué sentido tiene? Es imposible sustentarlas y como siempre he manifestado se caen por su propio peso. Es la misma decadencia de la Fiesta, su “popculturización”, su mercantilización la que nos ha quitado la Verdad y nos la ha cambiado por una pantomima débil de la Tragedia, donde la muerte se ve ridícula, estúpida, dolorosa y hasta innecesaria. Más allá de la bravura, las corridas se sustentan en la integridad del combate, la capacidades mentales y creativas del hombre frente al embate poderoso de la fuerza animal. Razón, creación, fuerza, poder: integridad. Para qué nos quemamos las pestañas tratando de encontrar argumentos “lógicos” que hagan contraposición a quienes están en contra cuando sin escrúpulos algunos mal llamados taurinos la han convertido en una mala imitación de lo que debe ser. Ejemplos nos sobran. Toros de media casta, sin fuerza, sin poder. Suertes que ya no tienen sentido y son un mero trámite. Un espectáculo más, sin fondo. Sé que mis palabras son demasiado fuertes, tal vez me pinten como un descreído absoluto e incluso, en contra, pero creanme que no es falta de pasión y afición por la verdadera Fiesta Brava. Al contrario, es un dolor inmenso que nada tiene que ver con protestas o leguleyadas. Es el dolor de sentir que la misma gente que la maneja la puso en la posición actual, donde priman los beneficios económicos, los caprichos pseudo-artísticos y las parafernalias posmodernas, que nada han aportado, y no la verdadera afición,  la comprensión del acto o siquiera el respeto de una lucha real donde inexorablemente se llega a la muerte.

Es posible que la Corporación Taurina de Bogotá logré recuperar la Temporada 2013, amparándose en la legalidad y el poder político y económico que tiene. Tampoco los antis, en todo su derecho, desistirán en su empeño de acabar con los Toros. Algunos “tibios” tratarán de suavizarla prohibiendo y modificando suertes. Y por un rato más seguiremos en ires y venires, más politiqueros o mercaderistas que verdaderamente taurinos. Pero entonces, más allá de estas coyunturas ajenas al rito, ¿qué podemos hacer los aficionados, los pocos que quedamos, para devolverle su valor, su verdad, su sentido? Algo por lo que valga la pena luchar.

Abadía Vernaza.

PD: Que mejor coyuntura para escribir el post No. 100 de esta casa, así sea doloroso para mi corazón de aficionado.

PD2: En otro post valdría la pena hacer un análisis de cómo llegó a ser Bogotá y no Medellín o Cali las primeras en “caer”. Y claro, las razones de cada uno de estas plazas. También en cuánta desconfianza me genera que México “sostenga” los pilares de la Fiesta. Ya le sacaré tiempo.

PD3: No es la primera vez escribo sobre esto. Con más parranda, la última vez había sido durante la pasada temporada.

PD4: Mientras queden, seguidnos en Twitter. A lo bien.

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Triste decepción – 5ta. de abono.

Ya sabía mi instinto de aficionado, instinto que se sustenta en ir a casi 20 corridas en Colombia por sólo ver una, que repetir lo vivido el domingo anterior no iba a ser fácil, si es que era posible. No es pesimismo, es que la tauromaquia se compone de excepciones, no de repeticiones. Vale más un solo muletazo de verdad, que 100 mantazos, uds. entienden mi idea. La expectación despertada por las fotos que circulaban de los santabárbara, del cartel de “media tabla” pero con toreros forjados a fuerza, la promesa de una tarde solitaria, de sólo aficionados, de 1/3 de Plaza. Una de esas tardes que, como me decían en el tendido, gustan a los aficionados, más no a las Empresas. Así se formaba una tarde que prometía y que se transformó en una triste y profunda decepción por el espantoso comportamiento de los animales del capitán Barbero. Pero les voy contando parte por parte.

La tarde estuvo precedida por un fuerte aguacero, con granizada incluída, que retrasó media hora la corrida. En ese tiempo, el equipo de monosabios logró arreglar un pantanal y convertirlo en un ruedo presentable y apto para la lidia. Well done! Desde el principio el cielo nos obligó a usar los ponchos y resguardarnos en las carpas del guaro. ¡Claro, para el frío! A las 4:00 inició el paseíllo, tan extraño para nosotros como lo sigue siendo el de la Santamaría. Me gusta más el de mi decadente Cañaveralejo, partiendo Plaza. Detalles. Maricaditas.

El cartel estaba compuesto por toros de Santa Bárbara, del capitán Barbero y que pastan por estos lados tan cercanos de La Calera. Toros que iban para Diego Urdiales, Iván Fandiño y el colombiano Juan Solanilla. Como dije más arriba, a mi estos carteles sin tanto bombo en cuanto a figuras y anunciando ganaderías que considero serias, me alientan a comprar el abono y volver a la Plaza. El día que no haya al menos una de ellas, paila, nothing else matters. Y con lo lindo que pasé el domingo anterior, tenía esa afición renovada. No voy a ser fatalista y decir que ya todo se fue al carajo. De hecho, sí se está yendo al carajo, pero ganaderos como el Sr. Barbero o la familia Sanz, mantienen, así sea languideciendo, este cuento de los toros. A pesar de que este domingo el encierro de Santa Bárbara vino de mal en peor y no dio ningún juego.

Los 7 toros (ya que Iván Fandiño regaló uno más, el de irnos) estuvieron completamente faltos de raza y de verdadera bravura. De presentación muy desigual, hubo mono grandes y pesados (sobre los 520 kg) y otros, más flacos y muy armados (algo más de 470kg). A todos, en mi opinión les faltó cara de toros, esa cara que no sólo la da el tamaño y la edad, sino también la casta, la raza y la bravura. Se supone que uno debe ser completamente objetivo pero ver una ganadería tan seria y con tanta afición como Santa Bárbara reventar con tanta falta de todo, duele. Y mucho. Sin conocerlo siquiera, imagino al capitán Barbero descosiéndose los sesos, tratando de descubrir qué salió mal. Estoy seguro que estará herido en su orgullo ganadero y apenado con la verdadera afición bogotano, que dejó la comodidad de su casa en medio del granizo para ver su corrida. Y lo digo porque en años anteriores, Santa Bárbara ha dado corridas serias y verdaderas, que le han merecido lo que hoy escribo. A re-tentar, a volver a probar, a desechar y seguir en la búsqueda de la raza, es lo que le queda. Lástima y mucha.

Uno por uno, en el primero estuvo Iván Fandiño, que confirmaba en Bogotá. Al frente tuvo un toro manso, receloso y probón, que huyó a los capotazos de los subalternos. Metido a fuerza de mano al capote de Fandiño, lo llevó al caballo donde dio una pelea bravucona. Igual de receloso en las banderillas, llegó con su poco poder y raza a una muleta muy poderosa del español. Con una lidia muy completa y conocedora, Iván Fandiño logró exprimir las condiciones del toro, logrando una faena que se vio coherente y bien hecha. Probando y recelando durante los tercios anteriores, podría decirse que el toro se vino a más, pero por voluntad y lidia del de a pie. Me gustó su faena y me gusto su honestidad torera, dando lo mejor para lidiar un animal que muchos hubieran zafado por manso. Aún así, a su pesar, no logró rematar su labor en la suerte más importante, la que les da su nombre de matador y así se fue la que quizá hubiera sido la oreja más verdadera de lo que va de temporada. Al menos, yo hubiera pedido una. En el quinto de la tarde, Fandiño poco pudo hacer frente a un manso de libro, vacío, parco, sin raza. El español despachó rápido con buena estocada y quedándose sin encierro, sin premios del público y con las ganas de agradar a Bogotá, ofrecióse para lidiar un séptimo toro, si la Presidencia y sus alternantes lo permitían. Siendo así, saltó un 7mo. toro, el más avacado del encierro y creo el menos contrahecho. Siguiendo el comportamiento de sus hermanos, careció de valor y rápidamente busco el refugio del rajado. Fandiño lo trasteó con valor, dándole ventajas de toro manso y arriesgo un poco en favor de agradas. El público, agradecido por la ñapa, le entregó una oreja y seguramente, dejándo la Plaza en buenas migas para volver el próximo año.

El que ya no está bien parado con la afición bogotana es Diego Urdiales. En el segundo de la tarde (por ceder el 1ro. a Fandiño), Urdiales tuvo en suerte un rajado, bravucón, que no quería saber nada de nada. El español, con miedo manifiesto destoreó al animal hasta llevarlo al punto del soponcio. Siendo así y tratando de abreviar, convirtió la última suerte en un despropósito. Un pinchazo hondo y yanosécuánto intentos de descabello, se vino la Plaza encima. Con una Presidencia indulgente que le regaló cerca a 45 segundos, tocando sólo dos avisos y esperando un par de segundos (en el tiempo de la suerte suprema, cada uno es una eternidad). A nuestra consideración de aficionados, debieron ser los tres avisos y puntilla. Una gavilla de Usía, que no debería darse. Así se iba pitado con algo de razón. Pudiendo sacar la espina a punta de pundonor, a Urdiales se le metió el miedo también en su segundo (4to. de la tarde). Era un castaño armado, bravucón y traicionero, que se revolvía con prontitud. El de a pie, manifestando la condición en exceso peligrosa y a falta de voluntad, se fue a la 3ra. o 4ta. tanda por el estoque y ahí sí lo hizo con decencia. Ya no había pitos, había indiferencia. Así, simplemente le he visto 3 tardes y en las 3 ha salido como si nunca hubiera venido. Ha venido de paseo a estas tierras americanas. Quién sabe si vuelva. No creo. Colombia no fue lo suyo, my friend.

El último del cartel fue el colombiano Solanilla. En su primer animal se enfrentó a un toro de decente hechuras. En mala lidia, el animal no fue picado, la pica no llegó a cruceta y el animal nunca humilló. Solanilla estuvo bien con el capote, pero hasta ahí. El toro era noblón y Solanilla pudo mantearlo sin templar un solo pase. Con sentido, el animal empezó a defenderse y el colombiano siguió manteando a media altura y sin mucho sitio. Poco expertise. Plantó una buena estocada y el público concedió una oreja larguísima. LAR-GUÍ-SI-MA. El sexto toro de la tarde ya venía con el peso de una corrida donde no había encierro a pesar de que, si mal no recuerdo y siendo largo, fue el “mejor” de la tarde. Mejor muy entrecomillas. Así, fue el peor presentado del encierro en sus hechuras, de pitones bien chiquitos. A mi memoria de lo poco que recuerdo viene que fue el más fijo de la tarde y que menos buscó tablas. Ya no sé. Aún así, recuerdo que Solanilla estuvo muy destemplado, sin sitio, sin lograr embarcar la embestida. Le falta mucha mano. Ya recuerdo que me decían que así, pequeño y desarmado, iba a servir. Pues ahí sirvió, pero la falta de recorrido de Solanilla se evidenció en un animal que no exigía mayores papeles tampoco. Por ahí salvó una cornada cantada, gracias a la falta de palitos del burraco. Solanilla debió cerrar una tarde que fue de 7 mansos por el regalo de Fandiño.

Lástima por una ganadería seria y de las que me gustan a mi, pero así son estas cosas. “La búsqueda”, como la llamó mi amigo Botija, es un camino más lleno de amarguras que de alegrías. Esto es una Fiesta, más no una parranda. Y los matices grises y oscuros son los que de verdad contrastan las verdaderas apariciones de la Tauromaquia. Pocos, los más pacientes, llegarán a verla en su esplendor. Así lo creo yo.

Abadía Vernaza.

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¡6Toros6! Una Corrida – 4ta. de abono.

Este creo que es el post más difícil que he tenido que escribir en este bló de recocha taurina. Claro, cuando todo es una mierda es fácil regarse en una diarrea mental, burlesca y altanera. Es más fácil, más divertido hacer uso de cualquier palabreja sarcástica para caerle al caído. Y no crean que lo voy a dejar de hacer, tampoco. Simplemente hoy, cuando me enfrento a la Verdad, cuando esa búsqueda de años ha dado sus frutos y la espera en medio de tanta oveja, parafernalia y despropósitos ha valido la pena, siento que no voy a encontrar en mi léxico, slangs e invenciones, palabra alguna que pueda dar una idea algo cercana a lo que nos entregó Mondoñedo en la lluviosa tarde de ayer: la más grande corrida de TOROS vivida en los últimos años, y sin mucho miedo a exagerar, tal vez, la más verdadera que he presenciado en mis años de aficionado.

Es una vaina muy complicada reconstruir este ventarrón de recuerdos que sacuden mi cabeza y que, pasado un día entero, aún siento como si siguiera en la Plaza, temblando de miedo, lleno de respeto por los animales que imponían su presencia en el ruedo. Emocionado hasta las vísceras porque durante dos horas y pico todo esto de la tauromaquia volvía a tener sentido. Por muchas tardes todo fue sopor, indignación y aburrimiento. Tardes tristes, esperando, soñando con un encierro que parecía que nunca iba a llegar. Añorando una ilusión que no parecía ser real. Pero lo fue. Mondoñedo nos devolvió la esperanza, la afición, el sentido a la Fiesta Brava, el respeto hacia el TORO Bravo. Por dos horas y pico, Bogotá se entregó a una corrida que, a pesar de los miles de asientos libres, los que creímos y seguiremos creyendo en esto nos debemos sentir privilegiados.

En el paseíllo, un cartel para muchos descolorido: Ramsés, Bolívar y Naranjo. Tres colombianos, para la mejor ganadería de este lado del charco. Contreras puros pa’ un rolo, un caleño y un paisa. Graderías vacías, si algo un 1/3 de Plaza. Estábamos los que somos y alguno que otro invitado que creyó en nuestro sentido de aficionado y se dejó llevar a esta corrida “tan poco” importante. Gris el cielo, en el mejor gris bogotano. No era una tarde de tropicalismo montañero. Bien pudo ser una tarde de sombrero y ruana. No era la típica tarde de sol, guaro, bullicio y farándula. Algo iba a pasar. Y así fue.

Se abrió la puerta de toriles por 1ra. vez en la tarde y de la oscuridad salió un hermoso TORO negro, serio y encarado. Su pinta arrancó los aplausos de los presentes y los primeros gritos de ¡Toro! no se hicieron esperar. Algunos aficionados, aún adormilados, saltarón de sus puestos cuando en su primer arranque por poco se lleva a la humanidad de Ramsés. Con los ojos de todos en el ruedo ya nadie los pudo quitar. En la vara, pelea de varones. Una abominable pica, que claro, tuvo que rectificarse en lugar de volver a entrar, así hay cosas que ya paila. Había toro, temblaban las manos de los presentes, había miedo. Miedo, respeto, bravura y frío, mucho frío. Ramsés mostraba susto y no pudo encontrar el mejor sitio para lidiar y sentirse seguro, no dejaba sus pies quietitos, así que despachó rápido, después de no dar mucha pelea. El 1ro. nos había devuelto la esperanza. En el segundo turno de Ramsés, (4to. toro de la tarde), saltó el más pequeño de los 6, pero que nada falto de bravura, embistió con una nobleza desbordada. Con un pelea brava pero menos intensa, también persiguió en banderillas. Ramsés inició con arte, pero se fue diluyendo en una lidia más novilleril y sin belleza y mucha falta de sitio. Para mi, un toro completo y honesto que se vio sin gran oponente. Pudiendo reventar la Plaza, el bogotano se quedó a mitad del camino. Vuelta al toro, aplaudido con estruendo por los presentes. Saludo y vuelta para el torero, en medio de muchas críticas.

En el segundo lugar, a Bolívar le tocó otro negro negro en suerte, con una presencia imponente, bien armado y poderoso que también arrancó aplausos de salida. Rápidamente, el caleño lo embarcó en el capote y dio pases a la verónica con valor real. Puesto en suerte para la pica, arremetió con fuerza y el varilarguero no reacciónó, rayando feamente el lomo del toro y apenas logró conservar la cabalgadura. Se les había olvidado qué era un toro de verdad en la vara, al parecer. En los palos, se sentía el miedo. Gustavo García “Jeringa” no logró ponerlos en su sitio. La lidia se complicaba. Bolívar dio pases valerosos, que mostraron la embestida del animal. Pero como toro complicado y curtido, se fue saliendo de sus manos, adquiriendo sentido y midiendo la embestida. Manseando el toro, Bolívar le arrancó algo más de faena a un animal que rápidamente se empezaba a defender. Buena estocada y una oreja sufrida, algo larga, pero que le debió dejar los pies dolidos a Bolívar. Le hizo sudar.

El quinto toro de la tarde fue el TORO que más me ha enamorado EVER. En serio, soy como una quinceañera cuando pienso en ese animal. Un castaño quemado, 530 kilos, casi 5 años, ¡un varón! Es que sólo este animal pagará todas las chotadas que me he chupado y me alimenta la afición por muchos años más. Salido de chiqueros la Plaza se pusó en pie a aplaudirle. Bolívar sabía que hay estaba el TORO. Lo capoteó con dominio y deteniendo este tren de carga. Bien llevado al caballo, se vivió una pelea única. Sin miramientos, se fue sobre el caballo, metió la cabeza, levantó sus patas por encima de la mona, con el rabo erguido en una estampa perdida de la suerte de varas. El picador, mérito propio, logró mantener la cabalgadura y pelear con el mono. Aplaudida esta suerte, el del caballo se descubrió la cabeza y estábamos extasiados. Al menos yo. Como la constante, en los palos había miedo y respeto. Bolívar trasteó él mismo a su animal, era suyo. Tres palos en lo alto y el caleño salió a torear montera en su cabeza. Bravura vs. torería. Las primeras tandas fueron buenas, pero pronto el mono se fue encima del moreno. Desmonterado, Bolívar empezó a sudar y TORO a aprender, exigía una mano MUY dura. Yo al quinto muletazo ya estaba entregado a la embestida de este castaño. Su embestida era genuina, como su arremetida al caballo. La cara abajo, besando la arena de la Santamaría. Su rabo arriba, sacudiéndose con alegría. Para mi, y si no estáis de acuerdo nos vamos a los golpes (no mentira, ni pa’ tanto) era un animal de indulto. No tenía que ver más. Su trapío, su alegría a la salida, su poder, su pelea en varas, su peligro en banderillas, como humillaba en la muleta… I loved you, mono. 4 real. El animal, exhausto por una pelea a muerte, se entregó. Bolívar tampoco quiso dar más. ¿Faltaron muletazos para el indulto? No creo, al menos yo ya lo pedía. La pelea se diluyó, ni público ni Presidencia otorgaron algo, pero el TORO había pasado por ahí. Eso me importa más. Lo había visto. Bolívar, una oreja larguísima. Las contradicciones de la Fiesta.

Barriendo la arena

Besando la arena.

Besando la arena, fotos por mi amigo Andrés Rivera.

(Uff, estoy cansado y aún faltan 2 animales y colofón de la corrida).

En tercer y sexto turno estuvo el paisa Naranjo. En el tercero de la tarde, le tocó en suerte otro negro poderoso y lindo. A la salida se llevo el cemento de la puerta de chiqueros. ¿Descornado? Naaah, esos eran de verdad. Malayamente picado, dio una brava pelea. Bien puestas las banderillas y Naranjo al trapo rojo. El animal exigió mano y a pesar de la voluntá del paisa, el toro agarró sentido y se complicó. Se le montó encima. Siendo un peleador mañoso, empezó a medir más sus embates y con cara de peligro, ajustaba un golpe certero. Se le veía en la mirada. Naranjo sacó una lidia voluntariosa y deslucida, esquivando esas embestidas cada vez más duras. En el último de la tarde ya habíamos visto 5 toros y no esperábamos menos. No nos defraudó. Salió un animal de 500 kilos, y 4 años y medios. Como sus hermanos peleó, arreó, embistió y triunfó. Naranjo, en un gran gesto torero, brindó el animal al mismísimo ganadero, lo que la Plaza agradeció con emoción y sinceridad. Después del gesto, salió valeroso, dando lindos trincherazos de salida. El resto de su lidia fue hecha con decencia pero su escasa experiencia le pasó factura. Al final, triunfó la divisa.

Se terminaba una Corrida de Toros… el verdadero 6Toros6. Seis hermosos Mondoñedos, con edad, trapio, peso y casta. ¡Uff, la casta, esa condición tan olvidada y denostada! Seis animales poderosos. ¡BUUM!, la onomatopeya de la tarde. En los capotes, en los petos, en las tablas, en las columnas. Seis animales desbordados de casta, de integridad, de Verdad. Hoy, el día después, respeto a los que a ellos se enfrentaron. Pero vamos, que así deberían ser todas las corridas, en esto se constituye el valor. Me decían al oído, con sinceridad y razón: “Esto es muy diferente a lo que sucedió el domingo pasado. Acá sí se siente miedo por ellos”.

Esta tarde única no podía terminar de otra forma: el ganadero a hombros. Los aficionados, en sus puestos esperando el saludo de los criadores… ¡Toro, toro, toro! ¡Ganadero, ganadero, ganadero! ¡Mondoñedo, Mondoñedo, Mondoñedo! La tarde esperada llegaba a su fin, pero esto fue apenas el principio de los recuerdos. Un estruendoso aplauso, a pesar de la falta de público, retumbaba al paso de don Gonzalo Sanz de Santamaría junto a Luis Bolívar, cargados por los monosabios. Pero quedaba algo más, un detalle único. Don Fermín, a pesar de sus años, inició una sentida y lentísima vuelta al ruedo, ayudado por sus nietos -o bisnietos-, recogiendo los aplausos que una ganadería como Mondoñedo se merece. La afición bogotana, peñas, porras y parches, todos presentando sus respetos a un Señor que ha entregado su vida a la Fiesta y a cuidar la casta que tienen sus toros. ¡Qué corridón, for Christ sake!

Y así, ayer supe que no soy un amargado, sino un enamorado del Toro Bravo. ¡Gracias, Mondoñedo por darle sentido y verdad a esta Fiesta tan apaleada! Estoy en paz.

Abadía Vernaza.

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Al que no quiere caldo… 3ra. de abono.

Para comenzar, debo que decir que pasada la “pelea” entre varios miembros de esa peña-parche que nos reune en la fila 15 de sol (y en Facebook porque somos muy digitales), me fui a la Plaza de Toros con la intención de dejar de lado tantos rencores, amarguras y apasionamientos y mirar la corrida con tranquilidad. Con algo de asepsia periodística, por lo menos… No lo logré.

Definitivamente, no puedo ver una corrida de toros de las de ahora sin entrar en un estado de sopor profundo, mezcla del aburrimiento, la indignación y la lástima de ver cómo se diluye una Fiesta que es parte esencial de mi propia vida. La corrida del 29 fue un completo despropósito, una galería de imágenes para los antis. Como sería que ni siquiera los tropipops encontraron qué jalear en una tarde que logré resumir en algo menos de 1000 caracteres y que hoy, a fuerza de no dejar caer este blog, inflo en modo pseudo-conocedor de todo esto que, dicen, es tauromaquia. Pseudo-conocedor porque la verdad no entiendo ni la mitad de las cosas que pasan, en medio de premios y de vueltas al ruedo sin valor. Ahora, en un ejercicio doble-propósito, me ahorraré las palabras ya dichas y pegaré los tweets enviados ayer, en un intento de reducir una triste tarde a su mínima expresión. Y claro, la idea es que también nos sigan ahí. Después diré algo más… creo. [Si el caso es de pereza, bien podés saltarlos].

1.

2.

3.

4.

5.

6.

Coda.



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Entonces, de qué vale repetir lo que ya hemos dicho muchísimas veces sobre esta neo-tauromaquia pop. Lo más triste, la inaceptable presencia de los juanbernardos, novillos todos, paradójicamente, con mucha falta de pienso y otro con falta de Reduce Fat Fast. Lo indignante el afeitado, aka. cornicure de todos los novillones, no sólo los de rejoneo. Todos pasaron por el mueco. Cuando los cosas van mal, como gringo echando napalm, no hay quién se salve.

Así, duele ver cómo vuelve la burra y patea. Y patea. Y patea. Ay dió, si no fuera por mis pacientes compañeros de tarde, siempre dispuestos a repartir bota, patacón, jamón y guaro. A escuchar con amor los ácidos comentarios de este amargado de los toros, riéndose con amabilidad cuando me da por bailar choque en medio del sueño o burlarme del jaleo que se arma cuando los caballitos llaman con las patitas al toro. Y es que así parece que será la “fiesta” para quienes queremos conservar la esencia de lo que debe ser una verdadera corrida de toros, confinándonos a las páginas olvidadas de la tauromaquia de El Cossío o los ensayos admirados de don Ernestico Hemingway.  Tal vez, reducido a la memoria youtebeana del “milagro del toro blanco de Osborne” en las manos del Maestro Antonio Chenel “Antoñete” (QEPD) o a la esperanza de una Francia, dicen “torista”, que procura salvar a lo que ya nadie le para bolas… En fin, así podría seguir tirando ejemplos de una ilusión que parece que no volverá a aparecerse en los ruedos. Siendo así las cosas, como quien dice, al que no quiere caldo… Con lo que llevamos, me han dado 4 tazas.

Como nos tocará ver esta “Fiesta”:

Lo que vemos, porque no hay nah.

Foto, as usual, por Andrés Rivera.

Porque así se ve en verdad:

Lindo el afeitado del novillo.

La prueba, por Andrés Rivera (dar click para agrandar).

Fuck you all!

Abadía Vernaza.

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¿Cómo se viven los toros?

De la 2da. de abono, mi amigo Felipe Botero, El Botija, sacó esta columna sobre cómo se vive la Fiesta Brava. La polémica siempre hará parte de este mundo, contradictorio y mágico. Se las dejo, con gusto. –A.V.

Comparto el punto de Antonio Caballero que dice que una corrida de toros debe tener tres componentes para poder serlo, en lo mas ontológico de la palabra. Los Toros, los toreros y la gente, completan la terna que hace una corrida. Como todo en las corridas va obviamente de a tres.

Ya decía Paquirrí que para torear había que ser consciente de las mujeres que te veían desde la barrera. No lo asumo desde el sensacionalismo pop que generaba este torero, sino porque es, en últimas, el público que va a las Plazas quien permite mantener viva esta Fiesta, tan manoseada en opiniones políticas como “moralistas”.

Quisiera contar entonces lo ocurrido el domingo pasado en la segunda de abono de la Santamaría. No acababa de llegar a mi trono en los tendidos altos de sol -porque comparto la idea que los toros se deben ver desde sol-, cuando expresé en voz alta y ante mis compañeros de corte, que lo que más me aburría de la tarde era volver a ver a David Mora, a quien ya había bautizado en Cali como el Paco Perlaza de España. Hago la aclaración que, desde mi humilde opinión, Paco se conforma como la decadencia del torero a quien no le cabe una sola oportunidad más para “demostrar” eso que tiene, o que en su caso particular no tiene: alma torera.

Al acabar mi frase sentí una mirada de esas degolladoras que provenía de apenas unos cuantos centímetros al lado izquierdo de mi nuca. Al verla, vi una de esas mujeres que se visten para ir a la Santamaría y que dejan sin aliento a los toros, los toreros y a la gente. Me senté junto a ella sin comentar más mi posición sobre el español, con ese sentimiento de pena que siempre me ha cararacterizado al decir en voz alta uno de mis comentarios ácidos. No sólo apenado, también intimidado por tanta belleza. Luego pensé: “Ella es solo una más que viene a tirar farándula a la Santafarandulería“.

La corrida empezó y la vecina de mirada de descabello me dejó sin palabras. No por lo guapa sino por sus comentarios. Mencionaba por nombre propio el encaste Domeq de Agualuna, comentaba los pases del quite de Mora por su nombre español y decía con burla “o Cacerina como les llaman acá”. Reconoció, con la velocidad de torero de muchas tardes, los defectos y virtudes del toro: “este es noble pero por lo flojo de remos no va a haber faena”. Efectivamente, esos comentarios eran de alguien que sabía de toros y que había recorrido ese hermético y extenso mundo taurino.

Sin embargo, olvidándose de su conocimiento y dejándose llevar por la pasión, aplaudía sonoramente y se paraba en el tendido con cada una de las tandas de David Mora, mientras yo seguía orgulloso de mi comentario anterior, pues este corría la mano a velocidad de Nascar mientras que el noble iba sin generar peligro siguiendo su recorrido a paso de carretón. Para comentar algo de la corrida, puedo asegurar que las tandas de Mora se compusieron de los pases con mas ínfulas de querer ser arte, pero lo menos templados que he visto en mi corta vida. Menos templados que la hamaca que hay en mi casa; eso ya es mucho decir.

Pasado ya Mora y habiendo transcurrido de largo y sin mucho que recordar la faena del primero de Luis Bolívar -a excepción de los Maicitos-, salió Pablo Hermoso e hizo rugir la Plaza. Ese rugido típico que genera cualquier rejoneador y más aún porque se trataba de Pablo, el rejoneador Superstar, que ha llenado las plazas de Colombia y que ahora, tristemente, lleva las dos orejas sumadas a su estadística desde el paseíllo. Me duele decirlo pero Pablo me había reconciliado el año anterior con el rejoneo, pero en éste, sus actuaciones parecen las de Castella en sus años de Cali, una copia, un video de Youtube.

Y aquí se desató la polémica en la fila de abajo. Uno era juzgado por grinch y el otro, por torerista. Al Grinch nada lo complacía y al torerista todo lo excitaba. Yo invitaba a la bota y a la reconciliación del guaro pa’ poder seguir viendo el encierro, pero la tensión no paró incluso concluida la corrida.

Mientras la polémica estaba desatada, mi vecina ni siquiera oía los argumentos de parte y parte, sólo se tapaba la cara y hacía gestos de llanto antes del segundo de Mora. Ella tenía un miedo superior al del que vestía de luces. ¿Miedo a qué? ¿A perderlo? ¿A perder su amor, su amistad? Nada de lo anterior me consta pero se sabía que era cercana al “mataor”. Ella estaba extasiada y paniqueada, no me atrevería a decir que disfrutando pero por lo menos se quedó hasta el arrastre del último.

Los de la polémica seguían cada uno parado en su punto. Uno alegó toro tras toros y encontró defectos obvios para cualquier espectador concentrado, mientras que el otro aplaudió cada paso del trapo así fuese trompicado, cada quiebre del caballo así estuviera a metros. ¿Disfrutaron? No lo sé, pero ambos se quedaron hasta el arrastre del último…

Ese tercer componente de las corridas, LA GENTE, es tan disímil como similar. Cada quien tiene su torero, su ganadería, su aproximación, su propio entendimiento, pero lo mas importante, su forma de disfrutar. Hay quienes se emocionan de sólo estar allí. Hay quienes la mezcla de miedo, arte y amor los hace esperar, odiar, amar y temer. Y hay otros que su búsqueda eterna de lo verdadero los hace disfrutar el paso de cada tarde fallida. Al final de cuentas todos somos aficionados a los toros y todos nos quedamos hasta el arrastre del último. Como diría el mítico Gallo, entre los toreros y los espectadores: “Cá uno es cá uno“.

El Botija.

Post en respuesta a esta entrada de Abadía Vernaza en este blog  y a otra de nuestro amigo Andrés Rivera.

Encierro:

  • 4 de Agualuna, buen trapío, nobleza a excepción del segundo, pero indudablemente faltos de bravura y fuerza.
  • 2 de Ernesto Gonzales, nada qué decir, lo mismo de siempre.

Luis Bolívar: Oreja y Aplausos.
David Mora: Oreja y aplausos.
Pablo Hermoso: Dos orejas y aplausos.

P.D.: Nuevamente pido excusas por la ausencia. Debo aceptarlo: no tengo la disciplina. Si A.V. lo permite y me regala un espacio, en algunas ocasiones seguiremos escribiendo a là limó.

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