Un oasis de seriedad y tauromaquia

Se me ha vuelto costumbre, tal vez más mala que buena, escribir sólo sobre la corrida de Mondoñedo. También es cierto que el número de corridas a las que me he animado a ir en los últimos dos años ha caído drásticamente. Siendo esto una realidad, este texto busca menos la difícil tarea de hacer justicia a las emociones vividas en tan importante tarde y más una excusa para disertar sobre el estado actual de la Fiesta, de la afición, propia y ajena, y sobretodo, dar cuenta de lo esenciales que son corridas como la de ayer, 5 de febrero, para la afición.

¿Por dónde empezar?  Corrida de toros muy seria. No sólo muy bien presentado el encierro de Mondoñedo, muy entipada y bien armada, sino también un cartel rematado con tres toreros, de cortes muy distintos pero curtidos o con buen oficio, que auguraba por lo menos una tarde de toros con mucho interés. El juego de los bureles fue muy serio y encastado, unos en manso, otros en bravo, pero todos con mucha casta y genio. Toros muy bravos al caballo sin excepción, derrochando sangre Contreras. Una corrida de toros en todas sus letras. Esa es la primera razón. La seriedad de esta corrida es un oasis  en medio de un temporada mediocre, con una cabaña brava en crisis de casta y un trapío a la baja, con toros pequeños, noblones, sosos, carentes de verdadera emoción.

La crisis de la tauromaquia es innegable en Colombia, no sólo políticamente hablando, sino también desde las oficinas taurinas, donde el ventajismo y la falta de toros en propiedad no sólo está acelerando el fin de las corridas y la afición, situación para nada nueva, sino que también está estandarizando -para mal y hacia abajo- el toro que se lidia en cada Plaza. Una corrida como la de ayer es un muestra viva de que con el Toro-Toro, esto sí va. Y va porque ante un Toro, en todas sus mayúsculas, hay que ponerse con cabeza y técnica, con seriedad torera, dignificando el oficio antes que la exhibición. Ante toros en su extensión hubo toreros que entregaron la verdad de su profesión, aún en sus propias limitaciones.

¿Crisis de afición? Tal vez. Más bien, falta de afición a esa cara de la tauromaquia insulsa que se está desperdigando por los ruedos colombianos. Encierros escurridos, rayando en novillo, descaradamente arreglados, descastados y bajo la excusa de colaborar con el arte, en exceso tontos. Animales sin emoción o riesgo, que anulan el componente trágico del rito y lo hacen rayar en lo patético. Seguramente esa es mi crisis de afición, al no concebir el ritual sin el componente peligroso que debe infundir un toro de lidia. Esta es la segunda razón, al infundir respeto los toros de Mondoñedo, todo lo que bien se hiciera en el ruedo tenía su mérito. Y lo que no, la afición y el mismo bicho lo cobraba. Ante este panorama, en mi concepto, se desdibujan otras “apoteosis” toreras ante animales de medio pelo. Ya vendrá uno a saber si es de aficionado “ya un poco pasao”, como lo decía Domingo Ortega, “que cuando veis el toro con facilidad, pues no se entusiasma”. No lo sé. Pero él mismo dijo que “cuando veas un toro hecho y derecho y un hombre que sale y está bien con él, verás como vibra la gente de otra forma que cuando es una cosa de andar y pasar, andar y pasar del el arte de torear”. De esas palabras harán 60 y algo más de años, pero su verdad sigue siendo la misma. El toreo de carril, la obsesión por el pasar no soporta la afición, la verdadera tauromaquia, la ética del toreo y la sabiduría del oficio, que sigue aflorando cuando un toro de verdad lo exige. Sin corridas como esta, el ritual sería más una mala comedia, en lugar del triunfo y honra simbólica a la muerte, al miedo, al peligro y a la tragedia.

Volviendo a la corrida de ayer en la Santamaría, precisamente lo que se vio fue una Plaza vibrando de otra forma ante hombres, especialmente Rafaelillo y José Garrido, que estuvieron francamente bien ante toros que no entregaron su vida y sus dominios con facilidad. La tarde de ayer fue el conjuro de toros exigentes y toreros valientes que cuando sucede refresca o mejor dicho, confirman mi entendimiento profundo de la tauromaquia como un ritual de lucha titánica, de poderío, ritual frentero y verdadero.

En su primero, el murciano estuvo muy entregado, y aunque se vinieron a menos tanto toro como torero, la sensación que quedó fue la de una faena con la verdad pegada a los machos. En el segundo, Rafaelillo lidió con aún más oficio y pureza, al que tal vez fue el más difícil y con más guasa del encierro. Un bicho muy bien armado, bravo en el caballo, que en momentos se puso por encima de los actuantes y que le obligó a plantear una pelea donde lo que más resaltó fue la valentía. Esa sustancia que cargan los verdaderos toreros y que sacan cuando un toro de tanto genio busca vencerle y hasta matarle. Es de mi entender que el valor, el oficio y el dominio vienen primero que el arte, porque no hay arte sin lidia, aunque pueda haber lidia sin arte, así en la tauromaquia actual se lidien animales que no exigen lidia y vienen ready made pa’l arte. Aunque hasta cierto puntos, las faenas de Rafaelillo no terminaron de cuajar, su quehacer en ellas, poniendo la ética por delante, demostraron su maestría en la lidia, en el dominio de los toros, en el rescate de la pureza del combate y además de esto, una impecable dirección de lidia que dan cuenta de su verdad, que es suficiente para llamarle torero y esperar que el próximo año regrese a refrendarse en su torería.

Quien sí logró cuajar dos faenas importantes fue José Garrido, que a menos de dos años de su alternativa ha curtido su oficio y dado la talla en serias corrida en Plazas como Bilbao, en Sevilla como novillero y ayer en Bogotá. Le vi francamente bien, con buen sitio, toreando con profundidad y reposo, buscando más el toreo caro, ante dos Mondoñedo que exigieron su torería a fondo. Particularmente, me gustó más la faena a su primero. Parado en salida, no pudo ligar más que dos capotazos antes de la entrada de los caballos. Mal augurio. Sin embargo, en honor a su casa, el bicho sacó su casta en el tercio de varas y a partir de ahí, vino a más. Buena conjunción entre un animal difícil pero que se fue metiendo en la pelea y un Garrido dominador que le llevó a donde quiso y le estoqueó bien. Una de las faenas más serias y cuajadas de la Temporada y digna de 5 años de espera, en mi caso y el de Mondoñedo, de volver al coso del barrio San Diego.

En el sexto, la corrida había ido a más, con el público poniéndose boca abajo con los contreras, sus buenas peleas, su honda seriedad y la admiración que esta Plaza profesa a esta solerísima ganadería. Tocayito, de nombre, cumplió con altísima nota en todos los tercios, y rápidamente se ganó el favor del público, acompasado por un Garrido inteligente y bien puesto. Se dio el indulto y la Plaza se hizo un clamor. ¡Mondoñedo, Mondoñedo, Mondoñedo! La Plaza no sólo estaba a los pies del extremeño y del sabanero Tocayito. También a los de Don Gonzalo, el ganadero y el recuerdo de su padre, don Fermín, fallecido el año anterior. Fue corrida de justas dimensiones, donde el toreo se celebró en su verdad. Esta es la cuarta razón, el dar la mayor dimensión a la buena tauromaquia, la que necesita del toro, donde este es su eje y verdad y no un mero accesorio. Donde se hace realidad el viejo dicho de hoy sí vinimos a los toros.

¿Crisis del toreo? Pues algunos ya me dirán que no tiene sentido una tauromaquia simplemente basada en el derroche de valentía, ante toros imposibles, entendimiento arcaico del ritual. Sin embargo, yo hablo de una conjunción tan difícil de suceder en corridas mediocres, donde el toro peca por su ausencia. La reconstrucción de la afición, la salida de su crisis, parte por entender que el toreo moderno deshonra al toro, le reduce a su mínima expresión, en una interpretación maniquea donde el toro debe colaborar con el torero y no, en su naturaleza, luchar por sus pagos y su vida. Crisis que por demás sustenta cierto animalismo aficionado que busca la reducción del castigo, en un afán de defensa del toreo, pero que desconoce y al tiempo caricaturiza al toro, lo vuelve un actor de reparto, inherentemente secundario, en una lucha donde su combatividad le hace protagonista.

Una corrida tan rematada como la de ayer es un oasis de afición y la Plaza de la Santamaría ayer fue un oasis de seriedad y canon, ante una temporada latinoamericana llena de mediocridad, triunfalismo y bufonería. Una revelación incómoda para algunos de una tauromaquia de dominio y valor, de técnica y saber, que revela el engaño del postureo en los toros. Ayer, cuando las verdades se revelan simples, yo sólo vi la materialización de las palabras de don Domingo Ortega, una Plaza vibrando de otra forma y cinco razones suficiente para sobrevivir esta afición a punta de mondoñedos.

 

 

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El papismo hecho pachanga.

Crónica de la 1ra. de abono de la Temporada Taurina (alterna) de Bogotá: corrida. Casi lleno.

Que estamos ávidos de toros… sí. Que adoramos a Mondoñedo sobre cualquiera dehesa en Colombia… sí. Que Puente Piedra en el orden de las cosas es una Plaza de 3ra categoría… sí. Que triunfa cada día más la pachanga disfrazada de papismo, póngale usted la firma y al que no le guste lo que aquí voy a decir, me puede llamar y decir lo que quiera.

La corrida de hoy en Puente Piedra osciló entre un papismo disfrazado de torismo y una pachanga descarada. Alguien decía que es una Plaza de 3ra., con afición de 1ra. categoría. Yo no estoy seguro ni de lo uno, ni de lo otro.

El encierro de Mondoñedo fue duro, encastado, tirando a manso. En general, correctamente presentado, aunque algo falto de más cuajo. Ninguno entregó nada barato y sin descollar, fueron animales interesantes y nunca la tonta del bote. Por eso nos gusta tanto este encaste, que entrega lidias y muertes caras. Pero así se empezó con el papismo. No se debe confundir la dureza, o la casta difícil que tanto nos gusta, con bravura y menos con la parafernalia de darle la vuelta al ruedo a un toro que no merecía en lo mínimo ese premio. Este segundo fue un toro fiero, que no se entregó nunca, ni para bien, ni para mal. Vendió su muerte encastada y el público, que cada día confunde su “primerismo” con pachanga, gritó Toro y logró una vuelta ante una Presidencia sin criterio. Algunos decían que nunca fue concedida. Peor todavía. El papismo empezaba a devenir en parranda.

En el primero y cuarto vimos a un Cid entregado, aunque con lógica contagiado al final de un jolgorio que le valió una oreja. Buena estocada y digo que estuvo bien, aunque sabiendo a poco ese trofeo.

El lote de Libardo fue el menos complicado. Para mí, el colombiano estuvo lleno de decoro y salió perdiendo en el invento de una Plaza que quería dárselas de torista. Me cae que Libardo es lo poco que ahora tenemos para ofrecer en el escalafón de matadores mundial. Al menos, tiene torería y no se llena de vulgarismo, tan frecuente en estas tierras. En el quinto estuvo más desmoralizado, seguramente, por un resultado adverso en medio de críticas que no venían al caso. Pasó sin pena, ni gloria en este que hizo quinto, y la tarde devenía cualquier cosa.

Al tercero salió un mármol, el peor de la tarde, que Roca Rey lidió con recurso y plasticidad. Cada que lo veo no tengo duda que será figura. Sacó faena y dio seriedad a una lidia de toro manso y difícil. Pero vino el sexto y sexto bis y el supuesto papismo de esta Plaza se hizo un zafarrancho.

Primero, en ningún momento vi el tal impedimento físico para devolver al bicho a los corrales. Para mí, de nuevo, un invento de un público que cada momento se hacía más insoportable y una Presidencia que ni sabía a qué pitos tocar.

Y en el sexto bis, se comprobó cómo esa audiencia que venía hacer de rectora terminó hecha un pillo malcriado. Impaciente por la dificultad de regresar un toro en esta Plaza, particularmente, recibió a Roca Rey queriendo jalear cualquier cosa. Y montando de figura al peruano, se mal lidió a este bicho que atendía al nombre de Periodista.

Roca Rey y el sexto bis

Quedando crudo en varas, donde todos cumplieron, fue muy mal pareado y el poco criterio de la Presidencia cambió el tercio con un solo palo, ni siquiera un par, puesto, dando muestra final de su incompetente criterio. Este toro mostró complicado y estando entero en la muleta, puso en evidencia un Roca Rey más desbaratado y una Plaza queriendo inventarse de nuevo lo que no había. La espada y la lidia son justas y ahí se embarulló el peruano, entrando a matar más de tres veces, descabellando cinco, y recibiendo dos avisos. Una Plaza realmente justa hubiera abroncado esta última faena del chico, o en lo mínimo callado con respeto. La verdad es que para curtirse en el toreo también deben sucederse esas tardes de fracaso y gracias exclusivamente a una lidia muy mal dirigida, debió reprenderse y no jalearse con ese falso grito de “torero, torero”. Una tarde de poco criterio y seriedad, porque como empezamos, el papismo realmente viste de pachanga.

Así lo vi yo,

Abadía Vernaza.

La nota más positiva: la respuesta de la afición y una buena organización logística, aunque hay que cuidar muchos detalles.

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Un recuerdo a José Cubero “El Yiyo”

Todas las artes tienes sus genios precoces, que se fueron, para el imaginario colectivo, demasiado pronto. Andrés Caicedo en nuestra literatura, James Dean, en el cine, Janis Joplin o Kurt Cobain en la música. En el toreo, uno de los niños precoces de Madrid, El Yiyo, a quien un toro le partió el corazón hace 30 años hoy, en la Plaza de Colmenar Viejo.

De esas figuras nunca sabremos cómo hubiera añejado su talento, y tal vez es de las cosas que más nos duele. Sin embargo, “dejar obra”, como lo repetía Andrés Caicedo, en tan poco tiempo, es una invitación para todos nosotros mortales que la vida es frágil y sobretodo, que la verdad está en el presente.

Les dejo con este corto video, que muestra la entrevista a José Cubero “El Yiyo” y sus impresiones después de la trágica muerte de Paquirri, 11 meses antes de su partida. La cornada, ampliamente recordada, fue fulminante.

 

Abadía Vernaza.

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Por qué ir a toros? El arte del birlibirloque.

(Hace casi 10 años, el periodista taurino Antonio Caballero publicaba este texto en un suplemento taurino para la Temporada Grande en Colombia. Al no encontrar su fuente original, lo reproduzco).

Una niña de unos 10 años bostezó interminablemente en el tendido, y cuando hubo terminado por fin le preguntó a su padre:”Papá ¿y por qué venimos a los toros?”.

El padre hizo unos gestos vagos, se encogió de hombros, señaló el redondel, en donde no sucedía nada de interés, balbuciño unas palabras imcomprensibles y se dio por vencido. Respondió: “No sé”.

La pregunta de la niña es sin duda la más pertinente de todas las que pueden hacerse en torno al espectáculo taurino, y a su misterio. Porque lo de torear se entiende: el placer, el peligro, la adrenalina que se desborda, y un ojo puesto en la embestida y el otro puesto atrás, en el tendido: a ver si me está mirando esa. (Decía Luis Miguel Dominguín que no existiría el toreo si no hubiera mujeres en los tendidos). Torear tiene su gracia. Pero ¿por qué ir a toros? Suele ser aburridísimo, salvo para quien es la “esa” de marras y se pasa la corrida en un “¡Ay!”, tarareando para sí misma la letra de un pasodoble:

“En los carteles han puesto un nombre

que no lo quiero mirar:

Francisco Alegre y olé,

Francisco Alegra y olá…”

Repito: los toros suelen ser aburridísimos. No voy a negar esa evidencia. Pero cuando no son aburridísimos son absolutamente maravillosos. Un buen toro, bello y bravo; un buen torero, valiente y artista; la confluencia de los dos, su acople en armonía, en un juego de hermosura impredecible, siempre nueva, siempre recomenzada, como el mar.

José Bergamín, un poeta que comprendía el misterio del toreo, tituló uno de sus libros al respecto El arte del birlibirloque. Y eso es: el arte de lo asombrosamente inesperado. Dice el diccionario sobre la palabra “birlibirloque”: “Por arte de encantamiento. Por arte de magia. Sin que se sepa cómo ha ocurrido”. Pero ha ocurrido ahí, delante de nuestros ojos incrédulos, y nos los frotamos todavía como para hacer penetrar lo visto más hondo en la retina. Ha ocurrido ahí, en ese mismo redondel en donde unos momentos antes no pasaba nada de interés en medio de los bostezos de los niños y el tedio de los padres.

A la pregunta de su niña, el padre de esta anécdota hubiera debido responder diciendo: “Vinimos a esperar”.

Antonio Caballero.

[Fragmento tomado de TOROS; No. 1, Diciembre de 2006].

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El fracaso no es lo que parece.

Desde ayer algo no me cabe en la cabeza y es pensar que la corrida fue un fracaso. Cierto es que nadie va a una Plaza de Toros a pasarla mal, ni deseando que a Pepito le vaya mal. Vale la cara larga porque la verdad es que Fandiño no estuvo a la altura, las razones las sabrá él. ¿Pero un absoluto fracaso? La corrida fue un lleno total, conjugación de apuesta y hierros, se habló antes, durante y después. Las 6 ganaderías apostaron tanto como Iván y salieron también crucificadas al no tener los animales lo que sus criadores creían que tenía. Lo mismo que Fandiño quiso dar al anunciarla y no pudo. Pero que no haya orejas, o puerta grande o que salgan no toros facilones no deja de hacer de la tauromaquia lo que es. Es ingenuo creerlo. El torero perdido, el toro manso, el toro complicado hace parte de la grandeza y dificultad de la Fiesta. Todo seríamos toreros o ganaderos si así no fuera.

Así para mi, en línea con el valioso argumento de la variedad por el futuro de la Fiesta, me parece un despropósito aquellos que están apuntando al fracaso “torista” de la encerrona. Es ridículo, los toros cumplieron en presentación y un par de ellos tenían juego para ser toreados y así lo exigían. Pero como al parecer quieren toros de carril, tontos y noblones, pues ahí ves cómo se cargan su pachanga táurica. El fracaso no está en que no haya salido el torito “amorantao” para cortar orejitas y armar la chupipandi. Lo más duro fue para Fandiño. Más que fracaso, la tauromaquia le dio una bofetada a su momento, cosa que no es nueva y hace parte de la cruda realidad del rito más cruel y hermoso de todos. Ahora, que la gente se indigne porque hay toros difíciles frente un torero limitado por su propia humanidad y que por esto no haya triunfo y olé, ese es el verdadero fracaso de la tauromaquia actual. Lo demás, es parte de la Fiesta. Y doy gracias por eso.

Foto de @fueradecacho. Toda la propiedad es suya. Creo que es una buena representación de un importante corrida de toros.

Abadía Vernaza. (@Cañaveralito).

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¿Para cuándo el centavo? – 2da. de Feria.

Crónica de la 2ª de Feria: Corrida de colombianos. Toros de Paispamba para Manuel Libardo, Ricardo Rivera y José Fernando Alzate. 7000 personas.

El de ayer era un cartel que interesaba a cierta parte de la afición, sabiendo que Paispamba podía tener casta adentro y que los tres colombianos, a pesar de lo duro que han sufrido la profesión podían cuajar una tarde importante. En dos paréntesis de seriedad en el primero y calidad en el sexto, el grueso de la corrida decepcionó y de muy mala manera.

Los toros de Paispamba de irregular presentación, en escalera. Dos toros serios y bien puestos. Cuatro con leña pero al filo del peso y falto de remate. En comportamiento, mansos, cantando la gallina y reculando, a excepción del sexto, Bujón, que embistió metiendo la cabeza y con buen tranco. Un toro en el sentido completo de la palabra y que levantó un poco la tarde, en una corrida que yacía en el pozo.

Dos de los de a pie eran los toreros nacionales que más interés me producen: Libardo, que conoce el oficio y tiene las cualidades de un buen torero, y Ricardo Rivera que atrapa con un aire extraño, algo desquiciado. Alzate habitual ya en estas corridas va y viene. Buen cartel.

En el 1º, Solterón, fue un toro muy serio, en tipo y comportamiento. Poniendo a todos en su sitio, había toro y la lidia así mismo fue muy seria. Tomó la vara bien puesta y en banderillas se cambió la habitual capea por un tercio pulcro y bien ejecutado. Libardo tomó vuelo en una faena que auguraba. Pero ahí quedó. Toro y torero se vinieron a menos. Sospechoso se hizo tardo y Libardo perdió los papeles quedando sin mando y pareciendo superado por el bicho. Palmas divididas al toro y silencio a Libardo. En el 4to. tuvo un suerte un manso justo de fuerzas, que fue lidiado con cautela y aún así no llegó al final. De nuevo, tomó vuelo la faena de Libardo para esta vez caer de repente en la segunda tanda, cuando el toro buscó tablas y se echó. Ahí quedó todo. Silencio.

Ricardo Rivera venía en segundo turno. Sus dos toros fueron mansos, marmolillos, que no tenían mucho adentro. En el primero, rebuscó y exprimió los inexistentes pases a un toro de piedra que no transmitía nada. Digno en ello, la gente desesperó y empezó a protestar. Primer sainete con la espada y algunos pitos. En el segundo, lo mismo. Alarga la faena degenerando en arrimones y mantazos a otro convidado de piedra. Aburre y la gente de nuevo desespera. Segundo sainete con la espada y el descabello y la Plaza en contra. Algunos pitos.

José Fernando Alzate es torero de la casa, habiendo resistido una lucha a muerte el año con los bichos de Mondoñedo que le daban el sitio para este año. Con los paispambas, que no son esos Leonidas de Contreras, estuvo pantallero y vende-humo con dos toros que daban, cada uno en su condición, mucho más. En el primero no dio un pase, enganchones, salido de suerte, y apelando a trucos del destoreo pero ni así conectó. Apeló a taparse con la mansedumbre y una estocada, sí a ley, que le valió un durísimo golpe y la condescendencia amable del público fiestero. En su segundo llegó Bujón, muy serio de cara, cinqueño y con 476 kilos, con clase en la embestida, bueno y noble, le pidió toreo y de ello no hubo. Realmente era un toro con calidad, que cumplió en el caballo y que ponía una embestida de pocos problemas. Alzate sin un solo argumento, perfilero, sin cargar, sin un ápice de mando, se vio anulado por un toro de bien, en una faena descolocada y de poca verdad. Una oreja festiva es una cosecha exagerada a su faena, pero muy corta a lo que Bujón le ofrecía. Palmas al toro con petición de vuelta.

Así quedó una corrida a medio camino, en ese tan colombiano se “faltarle un centavo para el peso”, con un Libardo que sabiendo el oficio pagó cara su apatía en el primero, un Rivera que emborrona con la espada la dignidad con la que asume las suertes y los compromisos, y un Alzate muy limitado, vendiendo muy barato un triunfo de los caros y queriendo tapar sin argumentos sus propias vergüenzas (bis).

Hoy, mi última de Feria.

Abadía Vernaza
@canaveralito.

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El diablo es viejo, no siempre sabio.

Crónica de la 1ª de abono: novillada

Vuelven los toros a Cañaveralejo, la Temporada Taurina en el marco de la Feria de Cali. Aunque en el pasado no solía hacerse festejos el día 25, esencialmente por un evento masivo como la cabalgata y la resaca de la Nochebuena, de unos años para acá ocasionalmente se celebran festejos en este día de Navidad y es cierto que nunca han sido los de mejor asistencia. Aún así, ayer en Cañaveralejo habían +3000 personas en los tendidos, para ver una novillada que traía al venezolano Colombo como atracción y el runrún del peruano Roca Rey. Abría el cartel el colombiano Juan Camilo Alzate y el ganado, Ambaló. Una aceptable entrada, tomando en cuenta que no es una fecha habitual, habían eventos de Feria masivos a la misma hora y era lo que algunos mal llaman un festejo menor.

Los novillos de Ambaló en escalera, desiguales, aunque todos pasaron bien a secas. Mansos todos, teniendo los comportamientos habituales de esta ganadería: sueltos, cara arriba, probando las embestidas. También se agudizaron mucho, cogiendo sentido muy rápidamente y con muchas patas para pegar arreones y embestidas a traición. Fue una novillada dura, de esas que le muestran a la afición que para estar ante un toro hay que tener mucho valor y mucho sitio. Como siempre dijo Hemingway, de esas para llevar a neófitos y que vean con claridad lo duro y admirable que es el toreo. Y así, especialmente cabe reseñar a Pianista No. 70, 432 kilos, que se hizo duro y peligroso, muy orientado y poniendo en muchos aprietos a todos, sin excepción. De esas alimañas que no se dejan ganar la pelea.

En el primero, el de casa, Alzate planteó un faena calentana. Entiéndase pase de rodillas aquí, pase de rodillas allá, pico, pico, pico. Pero de torear, nada, nada, nada. División y silencio. En el cuarto, tuvo en suerte el mejor novillo del encierro, que embestía con mayor prontitud y pedía sitio. Y ahí se evidenciaron las limitaciones que el colombiano ha manifestado durante tantos años de novillero, sin lograr cuajar una tauromaquia considerable. Totalmente perdido, fuera de cacho, sin cargar la suerte, sin temple, sin mando, en resumen, sin argumentos para estar en Cañaveralejo. Siendo casi 10 años en el escalafón novilleril y habiendo lidiado en varias tardes de Feria, el diablo no se ha hecho sabio y sí viejo, dejando pasar el tren de nuevo. Poniendo las cosas en su justa medida, es momento de dar un paso al costado y especialmente que la Empresa anuncie otros novilleros, que vienen jalando detrás y que siendo escasos los espacios, merecen estar en Cali, con menos años, pero mucho más sitio y toreo.

En segundo orden seguía el venezolano Colombo, quien venía precedido por una polémica por anunciarse sin caballos en Cali en 2013 habiendo debutado con jacos en 2011, pero también con el cariño de un público que le quería volver a ver desde la Pre-Feria del año pasado. En el segundo de la tarde, la faena de Colombo fue voluntariosa, y que si bien conectaba con parte del tendido, acusó muchos vicios de la tauromaquia posmoderna, especialmente al poner banderillas. Silencio. En el quinto, por otro lado, sufrió, puede decirse literalmente, a Pianista, un novillo muy aguzado, que desde el primer momento se hizo amo del ruedo y que apretó y despapeló a quien se le puso en frente. Un manso duro, peligroso, defendiéndose con muchas patas. Primero revolcó a Ricardo Santana, puso en aprietos al resto de la cuadrilla. Tumbó al caballo en su primera vara y luego dio una pelea sucia, lanzando tornillazos con la cara arriba a Clovis Veláquez, quien también castigó con mucha fuerza y pegó duro, cosa que volteó la Plaza en su contra. Después persiguió con bellaquería, buscando presa. En banderillas, ya reinaba con terror impidiendo a Colombo poner algún par reunido y alcanzándolo en el último intento. Con un fuerte golpe, Colombo le despachó en una faena muy limitada en cuanto a lidia, que evidenció la mala leche del novillo y cómo, siendo un manso de libro, se hizo rey. Más bien, dictador.

El cartel se completó con Roca Rey, quien ganó su puesto a ley en la Pre-Feria, y venía detrás un rumor que exaltaba unas cualidades muy especiales. Había interés por verle y con voluntad, el peruano respondió en sus dos faenas. Lo que más me llamó la atención de este chino fue la capacidad de comprender la situación a su alrededor y hacer las cosas a su tiempo, con una coherencia precoz que le augura muchas cosas. Con mucha clase y empaque en el capote, temple y mando en la muleta, valor y sitio, aún deviniendo en arrimón. En mi opinión, mente de torero. En el primero, logró hacer una faena coherente, con un par de naturales bien dados. Mató de una estocada caída y recibió una oreja, la única del festejo. En el segundo hubo más lucha. En dos ocasiones (un quite por gaoneras e iniciando faena por estatuarios) fue arrollado y golpeado con fuerza por el novillo, que se orientaba con facilidad y más al embestir de lejos. El bicho buscaba los pies de Roca Rey y la quietud dejó en claro el valor real del peruano, quien sabiendo el medio camino que quedaba en su faena, se lanzó a matar sin muleta, en un desplante y gesto que la Plaza agradeció. Sin mucha efectividad con ese espadazo, dos descabellos y una aclamada vuelta al ruedo. Habrá que esperar el recorrido de este chino, quien tiene eso -tan difícil de expresar- que hace que los hombres sean toreros. El camino de la dureza como la tarde de ayer, las tardes de triunfo rotundo, y espero, una cabeza de novillero privilegiada que le permita diferenciar la gloria del triunfalismo, el valor real del postizo, el toreo verdadero y eterno de la majadería mantera del toreo posmo, le permitirán ser, por lo menos, el más grande torero peruano, cosa que también es refrescante en un país con más de 600 festejos y en una América Taurina que busca su nuevo ídolo propio.

Tarde de novillos mansos, duros y exigentes. Tarde de lidias tortuosas, donde más de un novillo puso la divisa por encima de los hombres. Y una tarde donde vimos lo biche, lo tibio y lo maduro, y no necesariamente el diablo más viejo hizo gala de ser el más sabio.

Abadía Vernaza
@cañaveralito.

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